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Una publicación de la asociación SER
Poeta y periodista

Tiempos recios, letras muertas

Foto: Cordon Press

Dejé de leer nuevas ficciones de Mario Vargas Llosa hace mucho tiempo. No lo hice por antipatía personal o por animadversión política. Lo hice por pena.

Los primeros libros de Vargas Llosa fueron un descubrimiento crucial de mi adolescencia; me revelaron el poder de la novela, su capacidad para interrogar el mundo, su potencia vital y crítica, y contribuyeron grandemente a despertar en mí una pasión infatigable por la literatura. Desde entonces, nunca han estado demasiado ausentes. Vuelvo a ellos con fruición y con frecuencia (en particular a Conversación en La Catedral, una obra cada vez más maestra), y estoy completamente convencido de sus merecimientos. Sin embargo, hace buen tiempo que aquellos admirables atributos dejaron de manifestarse. Al contrario, lo que empecé a encontrar en las publicaciones de Vargas Llosa desde finales de los años 80 fue cansancio creativo, un paulatino vaciamiento de los recursos y los gestos, un cúmulo de letras muertas. Eso me entristeció de una manera muy personal, y para evitar esa tristeza dejé de leerlas.

Sin embargo, luego de que varias personas en cuyo juicio tiendo a confiar me la recomendaran como el retorno de un gran narrador a su mejor forma, decidí enfrascarme en Tiempos recios, la nueva entrega de Vargas Llosa, llegada a librerías este octubre. Esperaba encontrar en ella quizás dos o tres agradables sorpresas, algunos atisbos de la vieja brillantez técnica, los destellos —aunque fuera breves— de una sapiencia destilada y madura, pero debo decir, lamentablemente, que incluso esa moderada expectativa ha quedado insatisfecha.

Centrada en el derrocamiento del gobierno reformista de Jacobo Árbenz en Guatemala, ocurrido en 1954, y en sucesos aledaños, Tiempos recios quiere ser a la vez un thriller político y una novela de tesis, y en ambas dimensiones falla. La tesis es banal: si los Estados Unidos hubieran aceptado el esfuerzo democratizador y modernizante de Árbenz en vez de armar y apoyar un golpe de ultraderecha, Fidel Castro no se habría radicalizado y no habría habido una revolución comunista en Cuba cinco años después; sin la Cuba castrista, no se habría “popularizado el mito de la revolución armada y el socialismo” en América Latina ni habrían proliferado las dictaduras anticomunistas, el continente se habría democratizado de manera rápida y efectiva, y otra sería nuestra historia. La banalidad de este postulado, que simplifica las dinámicas sociales y políticas de la región hasta la (mala) caricatura, no es sin embargo el problema. El problema es el andamiaje que Vargas Llosa construye para llegar a él, sin cumplir su cometido.

Aunque la novela, como dije, se enfoca en los sucesos alrededor de la caída de Árbenz y la dictadura de Carlos Castillo Armas que lo sucedió, sus dos personajes mejor desarrollados están bastante al margen de esa historia. No permiten una comprensión cabal de los eventos ni ofrecen claridad sobre las ideas expuestas. El primero de estos personajes es Marta Borrero Parra, apodada “Miss Guatemala”, amante de Castillo Armas y luego de su asesino; el segundo es este asesino, Johnny Abbes García, el espantoso jefe de la inteligencia militar de República Dominicana bajo el dictador Rafael Leónidas Trujillo. Abbes García (lo reconocerán los lectores de La fiesta del Chivo) es un personaje histórico, como lo son Árbenz, Castillo Armas y casi todos los demás participantes de la trama; Marta Borrero Parra es una versión apenas ficcionalizada de Zoila Gloria Bolaños Pons, una grotesca activista del anticomunismo centroamericano, propagandista de las dictaduras de la región y posible agente de la CIA (aún vive; se puede ver su delirante web aquí).

Borrero y Abbes son las dos figuras menos unidimensionales en Tiempos recios, las más vivas, las más complejas, y la novela les sigue los pasos con bastante más atención que al resto. Pero ninguno de los dos está realmente al centro de la historia que Vargas Llosa necesita contar para apuntalar su tesis, y terminan dominando largas porciones de una narrativa desconectada de ella. Ninguno de los dos tiene que ver con el ascenso y caída de Árbenz. La presencia de Marta Borrero en la alta política guatemalteca de esos años, según se narra aquí, es incidental e inconsecuente, por interesante o inusual que sea el personaje. Las acciones de Abbes, comandadas por Trujillo, son extrañamente desideologizadas y apolíticas, y logran decir poco sobre las relaciones entre los Estados Unidos y la región, o sobre la historia de Guatemala, o sobre sus realidades sociales. Estos personajes están, en suma, desprendidos de la tesis que Tiempos recios promueve, y quedan desasidos de su materia.

Por supuesto, este sería un problema relativamente menor si Vargas Llosa hubiera encontrado mecanismos para recentrar el relato. Pero no los encontró. Para proveer contexto e información a sus lectores, recurre a largas parrafadas expositivas en las que los hechos históricos se suceden como en un apretado libro de texto, creando una superficie densa en datos sin alcanzar nunca ninguna profundidad. Muchas de estas secciones, además, están escritas con descuido, en un estilo áspero y acartonado, burocrático y al mismo tiempo impreciso, que con frecuencia se desliza ociosamente hacia el cliché, y esa tendencia empaña también las partes más narrativas de la novela. Este es un mundo de mujeres “lindas y elegantes” que también saben ser “inteligentes y sensibles”; hay “muertes trágicas” que dejan a la familia “en difícil situación económica”; hay “masas indias” que “languidecen en la pobreza”; Guatemala es un país con “un serio problema de desigualdades”, de lo cual Jacobo Árbenz “tomó conocimiento desde temprana edad”; y así sucesivamente.

Más aún, estos clichés con no poca frecuencia se contradicen entre sí. Esa temprana “toma de conocimiento” de Árbenz sobre la pobreza en Guatemala está en el capítulo III, donde también se afirma que no es cierto lo que luego se dijo sobre él, que “sólo gracias a su mujer, la salvadoreña María Cristina Vilanova”, se le despertó la conciencia. En el capítulo IX, sin embargo, Vargas Llosa nos cuenta que fue precisamente María Vilanova quien “le hizo descubrir” al futuro presidente “todo lo que él no sabía”, abriéndole los ojos a “un mundo de injusticias seculares, prejuicios y racismo” y quitándole “la venda que él y tantos otros tenían sobre los ojos en lo relativo al problema social”. De Marta Borrero, entretanto, se dice en el capítulo XIX que había sentido, “acaso por primera vez”, un “miedo pánico, un terror que le calaba los huesos, que humedecía toda su piel” la noche que mataron a Castillo Armas; en el capítulo XXIII, años más tarde, resulta que el mismo personaje “no conocía el miedo”; y así sucesivamente. Por último, la escritura a ratos se desliza hasta el absurdo: “…los grandes finqueros vivían como los encomenderos en la colonia, gozando de todos los beneficios de la modernidad”; “Era el 15 de marzo de 1951 y todavía tenía el vaso de whisky en la mano”; etcétera. Estos son solo algunos ejemplos entre muchos de lo que me parece un notable descuido en la edición de este texto, por momentos tan torpe y desangelado que uno tiene la sensación —al menos, la tuve yo—de estar leyendo un manuscrito a medio procesar.

Estaría de más incidir en la visión de la historia política y social de América Latina que Vargas Llosa propugna en Tiempos recios: en ese terreno, todos los lectores sabrán qué esperar, y cada quien tendrá juicios propios al respecto. Por lo demás, no es necesario compartir los puntos de vista de un escritor para disfrutar de su literatura; incluso si uno los encuentra aborrecibles o tachonados de tergiversaciones, puede apreciar un relato bien hecho. Lo que me interesa notar aquí —una vez más, con pena— es que esta novela está insistentemente mal escrita. Su tratamiento del material es pobre; su lenguaje, opaco y rígido; su arquitectura, endeble. Mario Vargas Llosa será para siempre uno de los grandes narradores de la literatura contemporánea, pero este libro inerte e inane no se acerca siquiera a su antigua talla.