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Una publicación de la asociación SER

Tres poemas: a mi pueblo, a la patria y a Santiago Manuin

Foto: Juan Cabanilllas

Bikut Toribio: Poeta awajún

 

I

Un llanto, por mí Pueblo, en la poesía

Yo tengo un llanto, llanto, llanto y un llanto feliz en una poesía de mi corazón.

Un llanto que solo habla de Mi Pueblo.

Es un llanto en mi poesía.

Un llanto de Mi Pueblo.

 

Hoy derrumbado en mi llanto de lágrimas doradas,

con mi poesía canto lluvias

y con el viento de mis versos elevo

a Mi Pueblo al cielo de mi amor en el alma.

 

II

Mi Patria me dejó

Con su mirada Mi Patria me sacó de su casa.

Sin compasión de su Nación me pateó con su trasero.

No le importó mí presencia desnuda, con hambre y sed de ser suya.

Ni por primera vez instó a sus instintos

a sentir mi visita bajo su techo adiestrado con Costa, Sierra y Selva.

 

Mi Patria me hizo pobre de sueño.

Desde su ventana colonial miró mi sueño de la calle asqueada sin Patria.

Pero yo caminé en su calle bañada de amor.

Con un rostro de amor de Mi Pueblo comí en un rincón inolvidable.

Esa es Mi Patria: el Pueblo de mi calle.

 

Al sentir el ser del Pueblo en la calle

hice mi entusiasmo en el cielo de la bandera de Mi Pueblo.

Así aceleré la pasión por Mi Patria.

Luego, partí a su encuentro como un niño hambriento.

Fui a su encuentro hambriento de alma e inspiración.

Pero Mi Patria me expulsó nuevamente de su techo con una sonrisa avara.

Ignorando su menosprecio me colé en la desdichada súplica.

A pesar de seguir en la cola de los incivilizados me esmeré en tocar sus ojos:

Y desde lejos, plasmé a Mi Patria de cabeza a pies y de pies a cabeza 

como un gavilán o un leopardo listo para cazar su presa.

Extendí mis sueños a las suyas; ¡qué alma sentí ahí!

Aquello fue con la manía de sentir qué es ser parte de una Patria.

 

De pronto mi sueño se esparció: - ¡aquí solo entran los ciudadanos! -afirmó el gordo del saco brillante.

Mi Patria, otra vez me ignoró de su casa hecha con Sierra, Selva y Costa.

En la democracia me arrojaron a un tacho desterrado, en el olvido.

Pero con el aliento del honor construí un puente hacia la mayoría de los ciudadanos de la democracia.

Y al fin me asomé con mi voz a una ventana colonial y una chiquilla picaflor

aceptó llevar “mi voz” a la Patria.

La chiquilla con mirada de lechuza comprobó mi voz como una cirujana.

Y sin ninguna esperanza- ¡Esta no es tu Patria! -me grito toda coquetona.

 

Sin importar el desprecio corrí buscando una sangre de Mi Patria.

Corrí sin compasión ni pasión de entrar a su casa.

Corrí para volver y unirme a Mi Pueblo.

Mi Patria no me aceptó como a sus ciudadanos.

“No cabe nadie más” nos dijeron con voz de olor a petróleo.

Entonces, afuera, entre el Pueblo, parado, abracé a mis compatriotas de la calle,

mientras Mi Patria convulsionaba arengas en los brazos de sus ciudadanos.

 

Mi Patria iba en hombros de sus privilegiados ciudadanos con dientes de cuchillo.

Entre los hombros de sus “ciudadanos” se fue a la cima de los traidores. 

Y allá caía acuchillado.

Sus ciudadanos le metían patadas, le daban látigos encadenados con su pervertida sonrisa.

Mi Patria no me recibió jamás bajo su techo de democracia.

Me arrojó en la fuente de la desgracia: pisoteó mi alma y mis sueños en su tierra.

Pero para siempre y hasta siempre derramo sangre por Mi Patria.

Por eso, la metí mi lanza a sus “ciudadanos” con desiertos y lluvias de horror en sus manos.

Y la lleve a Mi Patria en mi casa y se puso a comer con mi abuela y sus nietos bichitos. 

 

III

El paseo eterno de mi viejo

Mi corazón llora tristezas rabiosas.

Mi corazón otra vez ha sido llamado a llorar de dolor.

La muerte, de quien me vacilo porque anda rondando a mis espaldas volvió otra vez.

La muerte, en esta ocasión de la vida grave, le cerró los ojos a mi viejo.

Mi viejo me mira con los ojos cerrados por donde salen hilos de lágrimas.

Aquel hombre que en las mañanas como las avecitas de la selva cantaba la justicia con la voz de su pueblo y con la fuerza del alma de bosque, hoy está lejos de mi mirada.

Aquel hombre que a su regreso cargaba en su espalda su incansable lucha y se sentaba a pensar en la vida de mi pueblo ha sido callado por el olvido de mi país.

 

Mi corazón de nuevo llora unas tristezas agónicas.

Si existiera un borrador del dolor las borraría con la alegría de mi pueblo.

Y si la muerte se pudiera castigar, las castigaría con las dulces rosas del río Nieva.

Mi viejo cerró sus ojos y yo sirviente de lágrimas sigo arrodillado esperando ver sus ojos abiertos como los vi en aquel atardecer pintado con su mirada.

 

Con esta poesía le canto a mi viejo, quien me responde con las melodías de los ríos, con las gotas de la lluvia, en el silbido de cada ave y me vuelve en un ser de la Amazonía. 

Su canto es libertad como el aire del bosque que bailan a las hojas de los árboles.

Duelo a mi viejo que está sentado en mi corazón entre la noche como una muerte.

 

Mi corazón está abrigado de lágrimas

porque la vida hoy me mira con la muerte.

Mi viejo se fue para siempre a dar una vuelta en su selva.

Eso creí con el imperio del dolor.

Pero él reposa en la vida del bosque que me mira con dos ojos como el sol; su lucha vive en las líneas arenosas de la tierra y la justicia que tejió vigila como un jaguar a mi pueblo que llora su paseo eterno en la selva.