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Una publicación de la asociación SER

Trump en Tulsa: gasolina al fuego

Foto: Win McNamee, Getty Images

Jorge Frisancho

Hoy, sábado 20 de junio, Donald Trump relanzará su campaña por la reelección a la Presidencia de los Estados Unidos en la ciudad de Tulsa, Oklahoma. Originalmente quiso hacerlo ayer, el día 19, pero es la fecha en la que los afroamericanos conmemoran la emancipación de los esclavos, una festividad conocida como "Juneteenth", y Trump se vio obligado a recular cuando surgieron las protestas.

Coronavirus o no coronavirus, Trump y su campaña reunirán a 19,000 personas en un espacio cerrado y las invitarán a gritarse consignas a la cara unas a otras durante varias horas. Será un festival de aerosoles. Indiferencia criminal a una crisis de salud pública, que se está acelerando en varios puntos del país (incluyendo Tulsa).

Pero eso no es lo más grave. Lo más grave es lo que Tulsa representa, la razón implícita por la que Trump o quienes le diseñan estos gestos decidieron celebrar este relanzamiento precisamente ahí (y precisamente en Juneteenth) luego de varias semanas de efervescencia del movimiento Black Lives Matter.

Tulsa fue el escenario de una de las masacres raciales más siniestras y sangrientas en la historia de Estados Unidos, ocurrida en 1921. Una masacre que le costó la vida a más de 300 personas y destruyó para siempre, reduciéndolo a cenizas y borrándolo del mapa, un enclave de prosperidad y progreso para los afroamericanos de la ciudad. La masacre de Tulsa fue parte de una campaña de terrorismo racial que se extendió a lo largo del país entre 1917 y 1923, destruyendo muchas comunidades y cobrando miles de muertes.

El mensaje de los enardecidos supremacistas blancos de Tulsa en 1921, como los de muchos de sus compatriotas durante ese período, fue claro y resuena hasta el día de hoy: no permitiremos que acumulen riqueza, que tengan propiedades, que tengan derechos. Si lo intentan, morirán. No es casualidad que Donald Trump haya querido marcar ahí su retorno a la campaña en junio de 2020, casi 100 años después de aquella masacre. Su mensaje también es claro, y es esencialmente el mismo: Black Lives don't matter, dice, echándole gasolina al fuego con total despreocupación.

Es un gesto cruel, dañino e innecesario. Trump no está en riesgo de perder ninguno de los votantes a los que entusiasmará con esta provocación, y no ganará gracias a ella ninguno nuevo. Oklahoma no está en disputa este noviembre, ni en las elecciones presidenciales ni en las congresales: de las últimas dieciséis elecciones en ese estado, los Republicanos han ganado quince. Trump hace esto porque lo quiere hacer. Lo hace con toda la insidia y toda la maldad imaginables. Y quienes vayan a Tulsa a aplaudirlo estarán aplaudiendo, con igual fruición y deleite, una declaración de guerra racial. Estarán celebrando junto al Presidente lo ocurrido en 1921, y estarán también -no exagero para nada- amenazando con repetirlo.

Una de las lecciones que deberíamos haber aprendido de la historia del fascismo en el siglo XX es esta: al principio, parecen payasos. Son payasos, hasta que dejan de serlo. Cuando dicen que quieren sangre, hay que tomarlos en serio.