Skip to main content
Una publicación de la asociación SER
Licenciado en Antropología Social por la UNSCH y actual estudiante de posgrado en Yeungnam University – Corea del Sur. Trabaja políticas públicas, desarrollo rural y conflictividad social.

Una amenaza que hay que evitar en las elecciones del 2020

Foto: Ojo Publico

En el 2016, Muqtedar Khan[1] hizo una pregunta que sigue vigente en estos días, ¿puede la religión jugar un papel positivo en la política? Una respuesta afirmativa o negativa no tendría mucha utilidad, pero nos permite dar una lectura general y plantear un par de hipótesis a la luz de algunos hechos recientes. Primero, hay millones de personas que están adscritas a una organización religiosa sea como creyentes o miembros activos. Por otro lado, los actores políticos siempre necesitan encontrar mecanismos de legitimación para sus proyectos y la religión es un eficaz mecanismo. Más en un contexto, donde el componente ideológico (izquierda - derecha) tiene una valoración negativa entre la ciudadanía.

En la memoria colectiva reciente, la religión está asociada a las labores humanitarias y a la paz; con pequeñas desviaciones. Sin embargo, los hechos posteriores al 11 de setiembre de 2001, los escándalos de violencia sexual protagonizados por líderes eclesiásticos y las acciones del movimiento evangélico agrupado en “Con Mis Hijos No te Metas” muestran otro rostro con un impacto aun no dimensionado. El punto crítico de este creciente protagonismo es la alianza de facto entre movimientos evangélicos con partidos de derecha.

Desde las elecciones en EEUU, Honduras, Costa Rica, Colombia y Brasil hasta el reciente golpe de Estado en Bolivia, los grupos políticos con una base religiosa, que reivindican políticas basadas en creencias han tenido un rol protagónico; esto paraliza los esfuerzos por construir políticas públicas basadas en la evidencia y afecta a los derechos civiles, el cambio climático, las políticas de equidad, entre otros problemas prioritarios en el mundo de hoy.

En el caso peruano, las organizaciones religiosas agrupadas en “Con Mis Hijos No te Metas” han ido incrementando su influencia en la sociedad, sea apoyando candidaturas o postulando a sus líderes a cargos de elección popular, además de presionar para el cambio de determinadas políticas públicas. El poder político de las iglesias evangélicas se basa, en una cada vez más numerosa y disciplinada comunidad. Según el Censo de 1993, la población evangélica representaba alrededor del 9% mientras que en el Censo 2017 ya constituía casi una quinta parte de la población.

Volviendo a la pregunta inicial, el problema no es la asociación entre religión y política; el problema reside en el discurso y las acciones de esta asociación; además de los mecanismos que se están usando para arribar al poder como en el caso boliviano,  el ejemplo más reciente y extremo de una tendencia creciente. Las próximas elecciones congresales serán una prueba de fuego para ver cuán vigentes e influyentes son los grupos evangélicos, luego del traspié de su alianza con el fujimorismo y otros partidos conservadores. 

 

[1] Profesor de Islam y asuntos globales en la Universidad de Delaware