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Una publicación de la asociación SER

Una Mente Andrógina

Por esta vez, no quiero escribir sobre el Día de la Mujer, ni convencerlos sobre su importancia; no quiero que me lean como una queja más sobre la situación de la mujer en el mundo y en nuestro país. Por esta vez no quiero dolerme sobre tantas violaciones, niñas invisibles, niñas con embarazos forzosos, ni feminicidios; ni escribir sobre machismos ni feminismos.

Por esta vez, quiero contarles de uno de mis libros favoritos, Una habitación propia de Virginia Woolf, y contarles sobre el capítulo 6 en particular.

En este capítulo, Virginia hace un viaje maravilloso entre la interrogante de si existe o no la unidad en nuestra mente; y que así, como ese instinto natural e irracional del ser humano, que explica que la unión sexual entre el hombre y la mujer brinda una satisfacción completa, también debe existir satisfacción completa en una mente unida. En aquella mente, en la que todos los pensamientos, aunque diferentes, puedan encontrar satisfacción a lograr convivir pacíficamente.   

Virginia, utilizando el argumento de Coleridge, una inteligencia verdaderamente grande tiene que ser andrógina, elabora un esquema del alma deduciendo que: “en cada uno de nosotros presiden dos poderes, uno macho y otro hembra; y en el cerebro del hombre predomina el hombre sobre la mujer, y en el cerebro de la mujer predomina la mujer sobre el hombre. El estado de ser normal y confortable es aquel en que los dos viven juntos en armonía, cooperando espiritualmente. Si se es hombre, la parte femenina del cerebro no deja de obrar; y la mujer también tiene contacto con el hombre que hay en ella”.

Quizá Virginia y Coleridge tienen razón, y existe una mente andrógina. Y no sólo es grande, también es vibrante, rítmica, sin restricciones ni limitaciones; y tal vez, como la justicia, es ciega frente al género, y por eso su armonía y paz.

Quizá eso nos falta con tanta urgencia, una mente andrógina, una mente que rompa las barreras del género que tanto daña a mujeres y hombres, porque a los hombres también, cada vez que, por vergüenza no denuncian violaciones ni violencia familiar.

Propongo algo diferente: en lugar de enviar flores y chocolates, o saludar a la mujer porque es linda y puede parir, o por el contrario, renegar porque no entienden el verdadero significado, esforcémonos por encontrar nuestro lado femenino y masculino, y de ponernos en el lugar de la otra persona antes de criticar, juzgar, discriminar, denigrar, golpear, violar, y matar.

Quizá, con una mente andrógina, dejaríamos de buscar víctimas y culpable; dejaríamos de imponernos sobre el cuerpo y la vida de los demás. Quizá así, por fin, entenderíamos que, así como no importa la raza, ni la condición social, tampoco importa el género, porque todos somos seres vivos de una misma especie, todos somos seres humanos, que, con diferencias, somos iguales. Y quizá así también, reconociéndonos como seres vivos, aprenderíamos a respetar a los demás seres vivos (animales) que conviven con nosotros.