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Una publicación de la asociación SER

Una nueva oportunidad

Foto: Mary Sáenz / Tiempo Real

Son tiempos malos, de una profunda crisis. La política peruana va dándonos sostenidamente malas noticias desde hace varios meses. Sus novedades, paradójicamente, no nos dicen algo nuevo. Son la reiteración constante de eso que intuimos o sabemos,  de algo que es parte de nuestras relaciones sociales: la corrupción.

Pero no solo esto, también tenemos una clase política caracterizada por la mediocridad, que ha convertido a la política en una “farsa”, en ella la característica principal es la carencia de ideas unida a la improvisación y la estafa. Y, por distintas razones, algunas muy extrañas, no queremos asumir que esto ocurre. Es como si nos viésemos en un espejo y no aceptásemos nuestras imperfecciones y miserias, negando esa parte que no nos gusta o haciendo como si no existiese.

Por ejemplo, el caso Odebrecht ha sido como un espejo. Ha reflejado la sociedad que hemos construido. No recuerdo de quién es la cita, pero alguien decía que no deberíamos asombrarnos de estos malos tiempos en la política porque sencillamente estamos viviendo las consecuencias de las malas decisiones que tomaron la mayoría de nuestros antecesores.

No solo hablo de quienes eligieron mal, sino también de aquellos que tuvieron una actitud pasiva frente a lo que ocurría en la esfera política. De esos ciudadanos que se conformaron por una o mil razones, y no quisieron involucrarse hablando en voz alta para protestar en contra de la corrupción, la inmoralidad o la mediocridad de “los políticos”. Además, no actuaron buscando el cambio que requería nuestro país, participando directamente en las decisiones que competían a su realidad.

El economista estadounidense Robert Reich, describiendo la realidad de su país señaló que la crisis social que padecían no era un hecho cíclico, sino sistémico. Lo mismo podríamos hablar de la realidad peruana. No es que la corrupción haya desaparecido cuando cayó el régimen de Alberto Fujimori a principios del 2000 y a regresado porque sea parte de nuestro ciclo de vida como sociedad. Todo hace pensar que esa descomposición moral es parte de nuestro sistema social, como un cáncer que ha hecho metástasis en todo el organismo estatal. Y en nuestra sociedad.

Aceptémoslo, no se han hecho las grandes tareas que nos permitan una convivencia decente en la que nuestras autoridades o nosotros mismos no estemos bajo sospecha. Pero, además, debemos trabajar colectivamente para que tengamos la seguridad de que llegaremos a esa fecha fetiche del “Bicentenario de nuestra independencia”. Sería paradójico celebrar la independencia del colonialismo español, estando sometidos bajo esquemas corruptos que decidan por nosotros agrediendo el estado de derecho y afectando a nuestra dignidad como peruanos.

Comencemos recordando de donde venimos. Sobrevivimos al terrorismo, a la crisis económica, a un gobierno autoritario. Reivindicamos nuestro país a través de la cocina peruana. Tuvimos la oportunidad de dejar ser parias financieros con la bonanza económica. Pero no bastó. Hoy quizás debemos escuchar a nuestra conciencia colectiva y reconocer que como país nos extraviamos en un optimismo exagerado, ilusionados y creyendo que “la economía” resolvería todos nuestros históricos problemas.

Comencemos otra vez. No todo puede ser una tragedia o crisis que nos lleve al pesimismo del “nada va a cambiar”. Nietzsche escribió alguna vez que «es preciso llevar dentro el caos para parir una estrella». Tenemos una brillante oportunidad para replantearnos, desde este caos político, revisar cómo se ha construido nuestro país y enderezar nuestro andar colectivo. Puede que sea una nueva oportunidad y no hay que desaprovecharla. 

Y, pues, vamos andando, que tenemos mucho trabajo…