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Una publicación de la asociación SER

Uruguay, mucho más que la garra charrúa

¿Qué hace que un país de tan sólo 3 millones de habitantes logre estar entre los más grandes del fútbol mundial? Esta parece ser la pregunta del millón. Llevo en Uruguay casi 7 años, y aunque se van vislumbrando ciertos factores, hay uno, muy relevante, que el capitán Godín llamó mística, y que – al igual que él – no se puede explicar.

Lo primero que uno trata de entender, es la llamada “garra charrúa”, frase acuñada en los años veinte del siglo pasado, haciendo referencia a una grupo indígena que habitó esta región y que fue traicionado y sus líderes exterminados por uno de los caudillos de la patria, el coronel Fructuoso Rivera, en 1831. Y no es que los charrúas no hayan sido un grupo aguerrido en el combate, tal como lo demuestran los testimonios de la época, cuando acompañaban a José Gervasio Artigas en un su gesta independentista, pero – debido quizá al exterminio y persecución – parecen no tener relevancia en la construcción identitaria del oriental (como se les llama a los uruguayos). Posiblemente la garra uruguaya tenga su momento cumbre en el Maracanazo (1950), hazaña mundialista en la que, después de ir perdiendo uno a cero, el equipo uruguayo vence a Brasil dándole la vuelta al marcador adjudicándose su segunda Copa del Mundo. Cuentan que en esa ocasión, Obdulio Varela, apodado el “negro jefe”, al ver la presión desde las gradas del estadio, se dirigió al equipo y recitó la célebre frase “los de afuera son de palo” en referencia a que el partido seguía siendo de once contra once. Esa frase se sigue repitiendo, algunas veces refiriéndose a las gradas y otras al equipo contrario. Es la forma que el uruguayo tiene de decir “a nosotros no nos ganan”. Sin importar cuál es el origen de esa garra, hoy – sin duda – es el sello de identidad del equipo.

No es equivocado pensar que el futbol es un reflejo social. Quizá basado en las historias sobre la caballería charrúa o como consecuencia de las palabras del “negro jefe”, el uruguayo tiene claro que perder no es una opción válida, por lo menos no sin dar batalla, algo que puedes vivirlo con tan sólo sentarte a mirar una pichanguita en cualquier canchita de barrio. ¿competir?, ¿jugar bien? ¡Ganar! Cómo no recordar las palabras de Lucas Torreira, mediocampista defensivo de tan sólo 22 años, quien juega su primer mundial, que al finalizar el último partido contra Portugal, decía: “tenía las dos piernas acalambradas, pero tenía que seguir”. También quedaron en la retina las imágenes del “Palito” Pereira en mundial de Brasil 2014 cuando después de desmayarse por un rodillazo se negó a salir del campo pese a que el médico del equipo había recomendado el cambio. Cuatro minutos más tarde fue cambiado el autor de la falta, Sterling, con un dolor en la rodilla. O en ese mismo partido cuando Nico Lodeiro “traba” con la cabeza al disputar una pelota con Wayne Rooney. De estas hay varias.

En esa misma línea, el futbol recoge la acción colectiva como forma preponderante de construcción social. En Uruguay, el modelo económico y social está construido en base a la solidaridad, y con ello lo público, es de todos. Así, son baluartes el sistema solidario de seguridad social, el de cuidados para los más vulnerables, el sistema tributario progresivo, y el sistema de salud y educación pública. Es en este sentido que la selección nacional se considera también un bien público, cuya finalidad - entendida por todos – es la de representar al país, y con ello, todos sus valores sociales y culturales. Al parecer, la gloria para el jugador uruguayo no está completa sino es colectiva, sino lo hace con aquello que lo representa.

Otro factor influyente en el uruguayo es su situación geográfica. No es sólo que el país tenga 3 millones de habitantes, es que sus dos únicos vecinos son dos de los más grandes exponentes del futbol. Sin “O Rey”, o “D10S”, Uruguay está decidido a dar pelea, porque el deporte es quizá el medio más importante con el que cuentan para demostrar – demostrarse – que están allí y que no son un capricho histórico. El fútbol pretende también forjar una identidad distinta a la de sus otroras potencias colonizadoras. Es quizá por ello que su principal rivalidad es con Argentina, y que las Copas de América ganadas las cuentan en relación a las obtenidas por “los porteños”. Así, Uruguay no cuenta con 15 trofeos, sino con uno más que Argentina.

Pero por supuesto, esto no siempre fue así, tuvo sus altibajos. La llegada del maestro Tabárez (sí, maestro de profesión) fue fundamental para iniciar un proceso de cambio, inculcándoles todos esos valores que ahora los llena de esa mística a la que refería el capitán. El éxito del proceso no se debe al azar. Un ejemplo de ello es que muy pocos seleccionados actuales no han sido partícipes de alguna copa mundial juvenil. Ello, por supuesto, se refleja en su accionar dentro del campo, en el temperamento y la personalidad.

Finalmente, el maestro hizo entender a todo el sistema que rodea el fútbol, que el jugador, como parte importante de la vida social uruguaya, debe también ser apoyado para conseguir, no sólo el éxito deportivo, sino también el desarrollo personal, y por ello, en 2009, a pedido del propio maestro, se creó el Programa Gol del Futuro, llevado ahora por la Secretaría Nacional del Deporte, por la cual se hace un trabajo de acompañamiento con los jóvenes deportistas (y a sus padres) para que puedan transitar los cursos de educación formal. Cuando se inició el Programa, la tasa de niños que estaban jugando en algún campeonato de la asociación, y asistían a un centro escolar, era de aproximadamente 51%. Hoy está por encima del 90%.

En definitiva, el jugador uruguayo, sin importar a cuántos kilómetros esté del “paisito”, siempre lo lleva consigo, lo siente, lo sufre y lo defiende. Sabe que llegó a ser referente, pero sigue siendo el mismo que un día jugaba, de gurí, en las canchitas de Salto, Juan Lacaze o Fray Bentos.

La selección parece no jugar para gloria de ellos, ni siquiera para felicidad de sus familias, parecen tener en sus corazones la ilusión de millones de chiquilines que esperan verlos defender esos colores con orgullo, dejando la vida en cada jugada. No me cabe duda que los jugadores “sabrán cumplir”, como se los marca el himno nacional, y defenderán esa ilusión, así tengan que trancar una vez más con la cabeza.