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Una publicación de la asociación SER

Velasco, políticas de re-existencia

En la novela “No, mi general” Guillermo Thorndike nos presenta la imagen de un Juan Velasco Alvarado acabado yconfundido. Ciertamente esta es la imagen que ciertos sectores sociales gustan de recordar. ¿Qué parte de la historia preferimos sentir? Como ha mencionado la historiadora Cecilia Méndez hasta ahora sorprende el silenciamiento que existe sobre el gobierno revolucionario de 1968-1975. Se diría que ha habido toda una campaña discursiva para reducir e invisibilizar cualquier reflexión sobre Velasco.

Como ejemplos tenemos elmodo en que se ha regulado el desborde que significó la Reforma Agraria, y por otra parte toda esa tajante oposición de los grupos hegemónicos que prefieren convertir la figura de Velasco en un “monstruo”. Cuando digo desborde me refiero no a un movimiento de masas sino a una proclamación que altera, desarticula y problematiza la base del cerco colonial. Cuando Velasco aparece ese cerco colonial tenía nombre y apellido: latifundismo y oligarquía. El desborde desafiaba los modelos liberales de nación (siguiendo el modelo de Benedict Anderson), y se arriesgaba no solo en retóricas de inclusión sino que se encaminaba a concretizar autonomías ciudadanas indígenas.

Un periodo como el gobierno de Velasco amerita ir más allá de la invisibilización, pero también ir más allá de un ingenuo o a-crítico romanticismo. El presente nos exige dejar los juicios apresurados y los pierde-tiempos, para retomar un pensamiento crítico que sopese la espesura política de aquellos años. Si se revisan algunos discursos de Velasco se podrá evidenciar el uso constante de un tono salvador. Dichas fórmulas deben comprenderse a la luz del contexto y el proyecto que se necesitaba. Velasco dio los primeros pasos de una transformación que fue truncada. Y este primer paso era construir un discurso de conciencia nacional, acaso muy general pero que cumplía la urgencia de una nueva reivindicación.

Si José CarlosMariátegui fue el ideólogo de una revolución india como se comprueba en sus Siete Ensayos, pues Velasco fue quien dio inicio a su concreciónlegal, cimentando las primeras estructuras de un proceso de transformación del país. Al respecto es innegable que hubo muchas generalizaciones, que no obstante se hace necesario intentar explicar. Un deslinde necesario tiene que hacerse sobre el cambio de “indio” a “campesino”. A diferencia de lo que sucede con un libro como “Benzulu”, de Eraclio Cepeda, donde el paso de “indio” a “campesino” implicaba la modernización o aculturación de un sujeto indígena (como también se proyectaba en el caso de la Reforma Agraria de 1952 en Bolivia), con Velasco el reemplazo significaba más bien un reivindicación o una expresión tajante de justicia social, una forma de resistir los códigos encarnados del racismo en Perú. 

Ciertamente se trataba de un giro con un significado aun abstracto y que, además, iba de la mano con un devenir nacional mayoritario y hasta, podría decirse, una intención pedagógica. Por esto mismo resulta importante advertir hacia donde se orientó el proyecto en los sucesivos años de gobierno. Con el Decreto Ley sobre Comunidades Nativas, por ejemplo, vemos un enfoque más local, más atento a las diferencias que superaban las generalizaciones iniciales.

Otro ejemplo lo podemos observar con el tema del quechua. En 1973 Xavier Albó anotaba que el quechua era un lenguaje oprimido,ya que solo se usaba en contextos rurales y que su prestigio era limitado ante procesos de castellanización. En resonancia con esto Velasco promovió una educación bilingüe y en 1975 formalizó al quechua como lengua oficial del país. Ya no se trataría en principio de una lengua reducida o negada sino que se enseñaría en colegios y los mismos procesos jurídicos o burocráticos se realizarían en quechua. Este proyecto implicaba ir más allá de un gesto utilitarista (como el uso del quechua en el segundo gobierno de Leguía), sino requería de la elaboración de una ideología lingüística que legitimaría las diferencias culturales y jamás su síntesis. 

Si hoy en día es fácil descreer de la imagen del demonio feliz de Arguedas, que habla tanto en quechua y en español, es porque las políticas de re-existencia de Velasco -la re-existencia de una población que había sido hasta entonces violentada y relegada- han sido eliminadas ante políticas de opresión bajo mantos multiculturales. Y es que el cambio no implicaba solo un aspecto lingüístico,sino que significaba alterar ese desequilibrio de poder del que gobiernos anteriores, y actuales, siguen siendo cómplices. Lo que hemos hecho hasta ahora ha sido dar pasos atrás entre silencios y negaciones fáciles, aunque la chance de recuperar la potencia del primer paso de Velasco aún sigue siendo una posibilidad inmanente. No solo una historia que nos cuentan para asustarnos, sino una política de esperanza.