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Una publicación de la asociación SER

Velasco y yo

El 3 de octubre de 1968, cuando el general Juan Velasco Alvarado hizo sacar a Fernando Belaúnde Terry de Palacio de Gobierno en pijama y lo envió desterrado a Buenos Aires, yo tenía un año de edad y no vivía aún en el Perú (nací en España).

En agosto de 1975, cuando la primera fase del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas llegaba a su fin y Velasco, traicionado por su propio Primer Ministro y Comandante General del Ejército, se retiraba para siempre a su casa de Chaclacayo, yo no había cumplido los 8 años; mi preocupación más acuciante -al menos es así que lo recuerdo- era el destino del Alianza Lima en el descentralizado (ese año campeonamos).

En mi geografía mental de aquel entonces, Chaclacayo quedaba tan lejos de mi barrio de Breña como Palacio de Gobierno lo había estado de Barcelona: a una distancia infinita e inabarcable, tanto que nada de lo que allí ocurriera parecía poder tocarme o dejar huellas. Podrían perfectamente desaparecer y el universo no se hubiera alterado.

Para resumir: de Juan Velasco no tengo ningún recuerdo directo, su imagen nunca me fue contemporánea y todo lo que sé de él lo sé únicamente como se saben las cosas del pasado. Es algo que aprendí después. En esos años, los de su gobierno, difícilmente hubiera podido importarme menos de lo que me importaba.

Pero quizá esto que acabo de escribir no sea tan cierto. Me importaba mi familia, y de ella sí tengo algunos recuerdos relacionados con el gobierno militar.

Recuerdo por ejemplo a mi abuelo, un abogado y terrateniente puneño que en los años 60 había sido diputado pradista y en los 70 vio sus propiedades afectadas por la reforma agraria, describiendo en alguna reunión familiar el régimen militar como “el inicio del comunismo en el Perú”. Hoy reconozco el absurdo de la frase, pero -dicha con sonidos sibilantes y dientes apretados, con ira y desprecio y miedo- entonces me pareció portentosamente significativa, y no la he olvidado.

Recuerdo también a mi padre, quien nunca se interesó mucho en la política ni expresó hondas convicciones ideológicas pero sin duda alguna era un hombre de derechas, utilizando la palabra “gorila” para referirse al presidente del Perú. Y me recuerdo a mí mismo pensando, o tal vez solo sintiendo, que en ese uso del lenguaje había algo parecido a una transgresión, un súbito quiebre de las normas, una forma casi incomprensible de indecencia. Para mí, que cursaba el segundo año de primaria, eso era precisamente lo que no se debía decir sobre nuestros gobernantes, fueran quienes fueran.

Pero sobre todo recuerdo a mi tío Lucho.

Mi tío Lucho, casado con la hermana de mi padre, era oficial de infantería. Llegó al grado de mayor y ahí se truncó su carrera (hasta donde tengo entendido, por respondón e insubordinado). Era originario de Chiclayo y en su linaje hubo un cierto abolengo aprista. En 1968, según creo, era capitán. Dado su rango, dudo que haya estado en la primera línea de conspiradores para el golpe del 3 de octubre, pero sí sé que fue uno de los que se plegaron de inmediato y de buena gana al nuevo régimen. Mi tío, el mayor EP Luis Lora Muga, era velasquista de corazón y lo fue para siempre, y en mis memorias de infancia su figura está indeleblemente imbricada con la Revolución Peruana. Incluso ahora, si estoy desprevenido, a veces es su rostro el que se me aparece cuando pienso en el general Velasco, aunque no se parecían en nada; en algún lugar del hipotálamo los tengo confundidos, y debo hacer un esfuerzo consciente para desacoplarlos.

Con el paso del tiempo tuve muchas razones para sentir aprecio y admiración por mi tío Lucho. Entrando a la adolescencia fui un muchacho libresco, tímido y de serias pretensiones intelectuales, y mi tío era el dueño de una expansiva biblioteca en la que él mismo leía con fruición. Ahí me refugiaba cuando veníamos de visita y el bullicio familiar se me hacía excesivo, y ahí me encontré por primera vez (no estoy diciendo que los haya entendido) con los grandes historiadores y los grandes sociólogos, con Basadre y Macera, con Cotler y Quijano, con Rostworowski y con Matos Mar. Ahí leí a Arguedas. Ahí encontré la Enciclopedia de la filosofía de editorial Progreso, que tanta importancia tendría en los primeros años de mi juventud. Ahí descubrí a Marcuse, a Erich Fromm, a Marx.

Y más aun, a mi tío Lucho —un militar campechano, cariñoso y amable en quien se combinaban la demanda y necesidad del estudio con el reclamo de acción— le debo mi primera imagen de lo que es ser un hombre de izquierda, y no estoy seguro, a pesar del tiempo transcurrido, de haberla dejado nunca por completo atrás.

Pero todo eso sucedió más tarde. De los años que estoy queriendo recordar, cuando yo era un niño todavía, mi memoria más clara de mi tío es una foto. O más precisamente, un recorte de prensa enmarcado y colgado en la pared, ilustrado con su imagen. Lo recuerdo nítidamente y lo tengo asociado de manera profunda e indeleble con el significado de la revolución velasquista.

En mi memoria, aquella nota de prensa daba cuenta de la toma de la hacienda Casagrande, el enorme ingenio azucarero expropiado a la familia Gildemeister, y la formación en ella de una Cooperativa Agraria de Producción como las que el gobierno revolucionario estaba sembrando por todo el territorio. En mi memoria, esa cooperativa iba a llamarse “Luis Lora Muga”, en homenaje al capitán que había conducido la expropiación y entregado la tierra a sus trabajadores. En mi memoria, esos hechos habían ocurrido a inicios del proceso, en 1969 quizá, y para cuando yo los contemplaba eran ya historia antigua. En mi memoria, en la foto que ilustraba la noticia mi tío aparecía en uniforme de campaña, arma en ristre, acompañando a los campesinos en un momento de triunfo. Es una imagen heroica.

Así, pues, el recuerdo que tengo de los años de Velasco está vinculado a mi remembranza de aquella imagen icónica, y está imbuido de sus valores. Un acto de justicia -o al menos, de redistribución- ejecutado con las armas en la mano. Un oficial del ejército peruano lado a lado con los campesinos pobres, abriendo junto a ellos un camino hacia el futuro. Una reivindicación histórica. Quebrarle el espinazo a la oligarquía (aun a sabiendas de que, como dijo Velasco en su última entrevista, “quedan restos, y están creciendo”), y todas esas cosas.

No estoy hablando, por supuesto, del plano intelectual. Estoy hablando del plano emotivo, que quizás en el fondo sea el que más cuenta. Lo que quiero decir es que no importa cuántas cosas sepa, o crea saber, sobre el proceso de la Revolución Peruana, y no importa cuántas cosas más aprenda sobre él, mi conexión personal más profunda y menos consciente con ese momento de la historia del país -que es, en alguna medida, una conexión con mi propia infancia- estará para siempre marcada por esa imagen. Ese es el terreno en el cual, para mí, el nombre “Velasco” arraiga su sentido.

Pero hay un problema. Aunque debía haber sido obvio -pues hoy sabemos lo que sabemos sobre el funcionamiento de la memoria humana- la verdad es que recién caí en la cuenta al prepararme para escribir este artículo. ¿El arma en ristre que llevaba mi tío Lucho en la fotografía que he descrito? “Definitivamente, ninguna”, me dice uno de sus hijos. “Quizá como parte del uniforme tuviera un arma al cinto, pero en este caso estoy seguro que no la tenía en la mano”, añade. ¿La expropiación de Casagrande, quizás en 1969? “No, no puede haber sido la toma de la hacienda, mi papá llegó mucho después”, dice también. Y ahora que lo pienso y trato de precisar mi recuerdo, quienes acompañaban a mi tío en la foto quizá no fueran los campesinos en el momento de formar su cooperativa, sino los ingenieros y técnicos enviados por el gobierno para darles apoyo.

No voy a seguir desmenuzando los detalles porque creo que el punto es claro: esa imagen en la que se basa mi conexión afectiva con el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas y con el general Juan Velasco Alvarado es (y no podía ser de otro modo) una construcción. He alterado y deformado los hechos para hacer sentido con ellos, y seguramente lo continúo haciendo cada vez que recuerdo ese tiempo. Seguramente, además, lo hago cada vez que traigo a colación a Velasco, al velasquismo y a la Revolución Peruana en algún debate político actual -algo que me ocurre con cada vez más frecuencia- hoy que la vieja oligarquía parece haber recompuesto su espinazo o haberse buscado uno nuevo, y cuando un antivelasquismo burdo e irreflexivo quiere instalarse entre nuestros sentidos comunes.

En suma, mis afectos velasquistas son un invento personal, algo que he hecho con retazos de experiencias, fantasías y fantasmas, vinculado con la realidad histórica del modo en que lo están algunos sueños y algunos mitos.

Era inevitable, supongo. Pero no puedo dejar de preguntarme a cuántos izquierdistas de mi generación, sin que lo sepan, les ocurre lo mismo.