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Una publicación de la asociación SER
Abogada, secretaria ejecutiva adjunta de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos

Venezuela, aparta de ti este caliz

                                                                                                                     Ay yo me fui porque me tocó

                                                                                                                     Ay pero allí dejé mi corazón

                                                                                                                     Dejé la vajilla y el televisor

                                                                                                                     Dejé mi casita, mi terruño, mi azadón

                                                                                                                    Cambié mis paisajes, mi brisa serena,

                                                                                                                     por fríos semáforos y sucias aceras

                                                                                                                     (Errante diamante, Andrea Echeverry)

 

La llegada al aeropuerto Simón Bolívar es extraña. Veo el mar desde del avión, pero hay en el aire una rara sensación de soledad cuando veo por la ventanilla, como si estuviera atrapada en un pasado que agobia, teniendo como fondo del escenario las caras tristes de quienes bajan del avión. El aeropuerto es silencioso. Ya parada frente a la faja que devuelve las maletas me siento dentro de una película oscura del pasado.

El señor R. me busca en el aeropuerto. Me va hablando sin parar, explicándome cómo está la situación económica del país. Con los años todo se ha ido deteriorando, la vida de Venezuela y la de su familia entraron en un túnel oscuro y sin darse cuenta, o dándose cuenta de todo, fueron cayendo a este abismo. Pasamos por cerros verdes, con carreteras amplias y desoladas -quizás por ser domingo por la tarde-, por túneles interminables, reflejo de épocas de bonanza, de esas épocas en que miles de peruanas y peruanos buscaron abrigo en Venezuela porque en nuestro país no veían futuro alguno. ¿En qué momento cambió todo?

Ya en Caracas los grandes edificios deslumbran, llaman la atención los carteles desteñidos que piden la liberación de Leopoldo López, y los cientos de pintas que repiten de manera idéntica: “Chávez lo juro mi voto es pa Maduro”. Las pintas en serie me recuerdan una vez más que el grafiti que no es libre es propaganda. 

Empieza el lunes y transportarse por Caracas no es asunto sencillo. Casi no se ven taxis por las calles, lo que sí se ve son colas en los bancos. El señor R. me cuenta que diariamente la gente saca dinero en efectivo del banco para transportarse en bus. Me cuenta también que la estación del metro siempre está abarrotada, ni siquiera intentamos subir. La información recibida sobre Venezuela no cesa, la cantidad de formas que la gente se la agencia para sobrevivir día a día, como venden, revenden y subsisten impresiona.

Días antes de viajar a Venezuela, un par de colegas intentaron hacer una broma sobre que debía llevar papel higiénico, les contesté secamente que lo único que me habían pedido era medicinas: salbutamol, ranitidina, medicamentos contra la gripe y omeprazol. Se les fue la sonrisa en una y no dije más. Y mientras en Caracas escuchaba tantas historias, sobre como estaba la situación de las personas viviendo con VIH, como no tienen tratamiento alguno desde hace demasiados meses, como sobreviven las personas con enfermedades crónicas, la situación de niñas y niños sin vacunas, sin tratamientos contra la anemia o contra la desnutrición, pacientes con enfermedades terminales dolorosísimas sin ningún tipo de paliativos, no podía dejar de preguntarme hasta qué punto puede llegar la maldad de algunos cuantos que tienen poder. Pero luego, mientras me contaban como una doctora lloró al recibir morfina para poder aliviar a un pequeño grupo de sus pacientes, los mecanismos que inventan a diario personas valiosísimas para ingresar medicinas al país (por dios, ¡estamos hablando de medicinas!), cómo las reparten, cómo incluso las hacen llegar al sistema formal de salud, también comprendía que aún hay esperanza, siempre la hay.

Los días siguen, también las historias. Las vidas de las personas en las cárceles duelen. Los familiares que se han ido del país. Estado de derecho que no lo es. Partidos políticos desparramados en mil. Atascos imprevistos en grandes avenidas generados por un solo patrullero que se para de la nada con dos policías parados al frente. La plaza Altamira. Un campo de golf escondido en plena ciudad y encima de este, casitas apretujadas que le ganan a la fuerza espacio al verde de los cerros. Cortes de luz en toda la ciudad, las estaciones de gasolina sin funcionar. Restaurantes vacíos. Los argumentos sobre la falta de entrega de pasaportes. El registro para el subsidio de gasolina. La entrega de CLAPs.  La Torre de David que te demuestra que el juego de poderes en la vida real es más crudo que en Homeland. Los colectivos. Las tanquetas blancas en el centro de la ciudad. Cada detalle iba completando el rompecabezas y me hacía comprender porque me sentía como en los 90, pero esta vez bajo una perversa sofisticación.

Pero del otro lado de la moneda vi gente valiosa hablando sin miedo, con una sonrisa franca e inmensa, colectando información, defendiendo la libertad a través de la cultura, jóvenes que no están dispuestxs a que les quiten la capacidad de reír, apoyando, sobreviviendo.

Pero Caracas fue una preparación para lo duro, para el dolor. Las historias y lo visto en Cúcuta, superó todo tipo de comparación. Porque en la mayoría de las caras de la gente que sale por esa parte de la frontera no vi esperanza, vi cansancio, vi hambre. Vi madres cansadas cargando a sus hijas e hijos a las afueras de las carpas de ayuda humanitaria, esperando por medicinas, por vacunas. La cola interminable de familias para acceder a un comedor pastoral para recibir un vaso de leche y un pan. Vi gente que solo pasa la frontera diariamente para poder comer, con un albergue inmenso del gobierno colombiano al frente, como un gran elefante blanco, que casi nadie usa porque para poder acceder tienen que mostrar un pasaporte -oídos sordos a la realidad de la falta de pasaportes en Venezuela- o un permiso especial. Vi el puente repleto de gente caminando yendo y viniendo. Un chico joven musculoso vestido de un blanco impecable caminando con una jovencita que no superaría los 18 años, delgadita en extremo, con un vestido rojo cortito y ajustado y toda maquillada, caminando detrás de él como con miedo. Decenas de compradores de cabello, de vendedores de caramelos, de agua, de carteras fabricadas con billetes de bolívares, de pasajes directos hasta Lima, Santiago o Buenos Aires. Todo se compra, todo se vende en ese puente. Incluso el servicio de migraciones colombiano es privado (vía contratista).

Escuché a funcionarios del gobierno colombiano señalando que establecer un campamento de refugiados sería dar una solución euro centrista, como si la comida, la integridad y la vida fueran bienes europeos. Pero también escuché a funcionarias colombianas que sí conocían el problema y si buscaban como encontrar soluciones.

Escuché también historias aterradoras de lo que pasa más allá de los 5 puentes formales que tiene la frontera. Porque lo realmente duro pasa en los caminos verdes, en las trochas informales, allí es donde las bandas criminales dominan, las Bacrim continúan haciendo de las suyas, allí es donde las mujeres y las niñas son violadas, donde la gente desaparece y nadie dice nada. Vi como los albergues en Cúcuta no se dan abasto, mujeres embarazadas echadas en bancas, niñas y niños jugando entre cuatro paredes mientras sus madres y padres hacen los trámites para poder irse, para huir del hambre, sin la certeza de que al lugar que lleguen podrán encontrar algo, lo que sea, aunque sea solo un poquito mejor. Vi chicas y chicos jóvenes con desnutrición aguda, que parecen niños de 8 años, pero tienen 25 o 30. Vi grupos de caminantes dispuesto a atravesar Colombia a pie.

Y lo que me apretujó el corazón fue escuchar las historias sobre que en Perú sí hay trabajo, que no hay trabas para estudiar o para ir al hospital, que las maestras, enfermeros y médicos, sí encuentran empleo, como si fuese el paraíso añorado. Tuve miedo de decir que eso no era tan cierto, que la gente en mi país muchas veces no se acuerda que Venezuela nos recibió cuando más mal estábamos, que la xenofobia es una mierda y se ensaña siempre con las personas más pobres, quise armarme de valor para decir eso, pero sentía que no lo podía decir ¿quién diablos me creo yo para quitarle lo poquito de esperanza a la gente?

He querido que pasen algunos días para escribir estas líneas de manera más serena. Pero el regreso a esta Lima xenófoba hace que el dolor no pase. De pronto en un par de semanas mi país pareciera transformado y para tanta gente que escucho en las calles la culpa de todos nuestros males la tiene la gente de Venezuela. Como si los jueces corruptos, los gobiernos dictatoriales, los asesinos, los grupos Colina, los feminicidas y violadores fueran producto de una invasión extranjera. Pero por ahora me niego a hablar de este estúpido odio que nos quieren inocular como cortina de humo para nuestros males. Porque por ahora me quedo pensando en la angustia de esas madres y esos padres que no tienen nada que darle de comer a sus hijos, por esas familias que llegan huyendo de una crisis humanitaria compleja, y me quedo pensando y planificando sobre qué podemos y tenemos que hacer para darles una mano.

 

 

Ana María Vidal es, abogada, secretaria ejecutiva adjunta de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos