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Una publicación de la asociación SER
Poeta y periodista

Venezuela sin salida

Las posibilidades de que haya una intervención militar directa de los Estados Unidos en Venezuela me parecen pocas (aunque no nulas), incluso si lo que se tiene en mente es una operación flash para decapitar al régimen y apuntalar a Guaidó y la Asamblea, con Panamá o Granada como ya añosos modelos. Más allá de los deseos y las fantasías de algunos personajes como el Asesor de Seguridad Nacional John Bolton y el Vicepresidente Mike Pence, nada en Washington favorece esa jugada y muchas cosas pulsean en contra.

La Casa Blanca está concentrada en otras batallas, sobre todo domésticas. Trump, una de cuyas cartas retóricas de cara a la elección de 2020 es el retorno de sus soldados movilizados en el Medio Oriente, tiene muy poco que ganar autorizando una nueva campaña en un lugar del mundo que, en general, a la opinión pública estadounidense le importa muy poco. Lo mismo va para los senadores del Partido Republicano, que controlan su cámara: les costaría presentar un frente unido, pues muchos de ellos también tienen campañas de reelección ad portas y estarían abandonando posiciones aislacionistas y nativistas para justificar la invasión (no es que no puedan hacerlo —cinismo no les falta— sino que sus preferencias son otras). Y los Demócratas, hoy al timón de la Cámara de Representantes y presionados intensamente desde su ala izquierda, tampoco tienen demasiado margen de maniobra, no importa cuán “halcones” sean algunas figuras de su dirigencia.

Por lo demás, invadiendo Venezuela, Donald Trump quebraría el que ha sido su alineamiento geopolítico más firme desde que asumió el cargo, e incluso desde antes: la tácita alianza que mantiene con Vladimir Putin en asuntos que realmente cuentan (OTAN, Brexit, Siria, Iraq, Irán, China, Ucrania, y etcétera, etcétera). Si bien no imposible, es difícil que lo haga por este tema.

Como alternativa a una invasión norteamericana, algunos imaginan acciones militares concertadas por parte de los gobiernos de la región, a los que supuestamente se les reserva mayor legitimidad para tal intervencionismo. Tampoco parece viable. Si las fuerzas armadas venezolanas estuvieran listas para entregar su país sin combatir, estarían listas también para derrocar a Maduro; el que no lo hayan hecho todavía sugiere que un ataque directo de ejércitos vecinos encontraría fuerte resistencia. La aventura terminaría prolongándose y los costos se multiplicarían, sin ningún rédito.

En la región hay espacio para toda clase de declaraciones de principios y llamados a la acción, e incluso para la formación de un bloque antimadurista más sólido que los anteriores, pero no hay apetito ni justificaciones para una guerra prolongada. Y en la propia Venezuela, una oposición que se allanara de inmediato a la toma de sus territorios por la infantería colombiana o brasileña, por poner dos ejemplos, perdería a gran velocidad buena parte de su respaldo popular. Pueden sugerirlo en términos vagos y sujetos a interpretación, y de hecho lo han venido haciendo. Pero las palabras, como se sabe, se las lleva el viento. Los tanques extranjeros, no.

Así, pues, la oposición no parece depender de factores externos para salir airosa de la presente crisis. Eso no sucederá a punta de tuitazos y declaraciones diplomáticas. Si ha de suceder, sucederá por la solidificación de un poder alternativo con capacidad destituyente en el espacio político venezolano, no en el tablero de ajedrez internacional. Y eso no parece estar ocurriendo con la prontitud con la que se requeriría si los insurrectos hubieran de triunfar.

Esto no quiere decir, ojo, que el contexto internacional no tenga ninguna importancia. Sí la tiene. El régimen madurista está mucho más aislado que en procesos similares previos, como el del 2014, cuando la misma OEA que hoy lo desconoce evitó invocar la Carta Democrática; hoy, con un Mercosur casi inexistente, el oficialismo venezolano tiene menos anclajes de apoyo que nunca en la región, y eso cuenta.

Pero no basta. Apoyo internacional o no, las fuerzas opositoras reunidas detrás del repentino Guaidó y la Asamblea Nacional necesitan algo que no ha estado a su alcance en varias intentonas: convertir su alzamiento institucional en un verdadero putsch. Para eso, requieren romper la unidad de las fuerzas armadas y el aparato represor, y generar una confrontación, digamos, de fusil contra fusil, o al menos una en la que esos fusiles permanezcan a buen recaudo en sus almacenes.

Por supuesto, es imposible saber qué tan cerca están de conseguirlo. Pero sí resulta obvio que el tiempo, medido en horas antes que en días, corre en su contra. Guaidó parece haberse autoproclamado Presidente interino sin contar con promesas definitivas de adhesión entre los jefes militares. Ningún alto oficial, ningún comando y ninguna fuerza tangible se le han sumado hasta hoy. No puede descartarse que lo hagan (como no puede descartarse que alguna facción militar -hoy oculta- decida librarse de Maduro mas no del régimen como tal, dejando a los asambleístas sin soga y sin cabra). Pero lo cierto es que no hay indicios en esa dirección, sino más bien en la dirección contraria.

Las calles son una historia distinta, pero tampoco tanto. La suspensión del referéndum revocatorio de 2016 y la “crisis institucional” de 2017, cuando el Tribunal Supremo declaró en desacato al Legislativo y capturó para sí sus potestades, le restaron al gobierno de Maduro los atisbos de legitimidad política formal que le quedaban. De aquello ya no hay nada. Al mismo tiempo, la agudización de la insondable crisis económica y la tragedia social de la Venezuela contemporánea, incluyendo el éxodo masivo de sus ciudadanos en los últimos años (algo que sin duda ayuda a explicar el recrudecimiento de las actitudes de los países vecinos), han erosionado hasta la ruina el reclamo madurista de promover el bienestar de las mayorías y estar construyendo una forma de socialismo de nuevo cuño, y han socavado sus bases de apoyo internas.

Aun así, el régimen venezolano ha demostrado ya varias veces que puede movilizar sectores de la población en su defensa, enfrentar violencia callejera con violencia callejera si se da el caso, y mantenerse firme ante ciclos de protestas masivas. La oposición tiene caras y nombres nuevos, pero es en esencia la misma que fracasó en 2014 y 2017 en el intento de convocar para su bando a los colectivos, las organizaciones barriales y populares, y los grupos chavistas movilizados, sin los cuales le resultará muy difícil ganar esa batalla. Nada indica que algo diferente ocurrirá hoy.

¿Cuáles son entonces los caminos que quedan? Si de solucionar el larguísimo impasse se trata, la respuesta es clara: la única opción es que los actores de la disputa empiecen a negociar con sinceridad, y hagan concesiones mutuas. El problema, obviamente, es que a estas alturas de la polarización venezolana eso resulta imposible. La ruta del diálogo hace tiempo está cerrada. Guaidó y la Asamblea Nacional han adoptado una postura maximalista (como la de Leopoldo López y María Corina Machado el 2014 reclamando “la salida”, que tampoco sirvió para sus objetivos). “El Presidente soy yo, no tú” no es una invitación a negociar, sino su opuesto. Cualquier retroceso desde esa postura es una admisión de derrota. Al gobierno, entre tanto, la experiencia le dice que confrontar y resistir —con las riendas del poder militar en sus manos— redunda en su beneficio, aunque no necesariamente en el de sus desesperados ciudadanos. Aun si tuviera interlocutores al frente (y no es el caso), Maduro no tiene ningún incentivo para sentarse a la mesa con Guaidó o con la Asamblea insurrecta. No lo ha tenido nunca. Lejos de debilitarlo, el conflicto lo refuerza.

Hacer pronósticos en una situación tan fluida, que puede virar de forma insospechada de la noche a la mañana, es un ejercicio bobo. Pero la verdad es que no hay a la vista una resolución pronta de la crisis. Lo más probable es que se trate de una repetición de los ciclos anteriores (que no resolvieron nada), y que acabe como ellos en una profundización de la debacle, sin salidas políticas. Al final, me parece, unos y otros habrán pagado un precio muy alto (ya lo están pagando) para lograr poco o nada.