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Una publicación de la asociación SER

Virus del silencio

“Y un pájaro cantó, delgada flecha” (Octavio Paz)

Alfredo Quintanilla

A Cledy

Los primeros en darse cuenta fueron los mendigos que pernoctaban en los bancos de los parques. Los pájaros no cantaban cuando el cielo se tornaba azul intenso y permanecían en silencio al alba. Lo descubrieron también las ancianas insomnes que miraban desde sus ventanas o se atrevían a salir a sus balcones porque ya era verano. Luego, fueron los madrugadores que salían a correr; los obreros de la limpieza, los jardineros de la Municipalidad y los paseantes con sus perros.

Una madrugada, en vísperas del Año Nuevo del Dragón, un vecino de Janan Barrio llamó a la Brigada de Atención al Clima, más conocida como la BAC, y enseguida enviaron a dos agentes que luego de dar una vuelta alrededor del parque San Francisco hicieron su reporte. Diez minutos después aparecieron tres camionetas blancas y un camión desde donde descendieron una veintena de hombres que tendieron una barrera alrededor del parque. Llegó también la policía para alejar a gimnastas y corredores. Nadie sabe cómo, pero los de la Fratris Animalis llegaron antes que la prensa. La confirmación fue general: los pájaros brincaban de rama en rama y volaban, a ratos gorjeaban, pero, por alguna razón ignota, habían enmudecido.

Pasadas las fiestas del Año Nuevo, el decano de la facultad de Ciencias Biológicas de la universidad envió tres equipos de estudiantes de biología, veterinaria y  zootecnia, dirigidos por sus profesores, que filmaron y grabaron a las aves, recogieron un par de cadáveres diminutos, cazaron a ejemplares de distintas especies y se los llevaron a sus laboratorios para auscultarlos.

Revisaron si hubo cambios en la alta temperatura y el curso de los vientos. Revisaron los ciclos de floración de las plantas y estudiaron a fondo la composición de decenas de frutos y semillas presentes en los parques de la ciudad. Encontraron que en el último semestre la población de abejas había disminuido en un cinco por ciento. Analizaron muestras del agua rociada de cada parque, buscando tal vez una alteración en el proceso de su desalinización. Censaron el número de aves muertas y chequearon si las poblaciones de felinos caseros, roedores, insectos y gusanos habían cambiado. Revisaron las estadísticas y encontraron que en los últimos diez años los ejemplares arboríferos habían disminuido (contra la ley) en un trece por ciento, para dar paso al ensanche de avenidas y autorización (ilegal y corrupta, seguro) de nuevas zonas de parqueo. Otro equipo se dedicó a indagar la incidencia de los ruidos de la avenida que atravesaba el parque en el comportamiento de la fauna.

Emitieron un breve informe que no aclaraba mucho sobre el origen de tan inusitado hecho, ni identificaba al temido y desconocido virus, haciendo la salvedad que sólo había ocurrido en la ciudad y no en la vecina ciudad gemela, situada a sesenta kilómetros, donde los pájaros seguían trinando con normalidad.

Enterado del asunto, un profesor de filosofía, publicó un artículo en El Imparcial en el que, en tono de sorna, argumentaba contra las preocupaciones de la Fratris Animalis, señalando que, finalmente, el millón de habitantes de la ciudad bien podía vivir tranquilo sin necesidad de escuchar los cantos de las aves. Que, frente a la amenaza de la tercera pandemia del corona virus que traería millones de muertos, las dentelladas del desempleo y la pobreza; la corrupción de las autoridades; la violencia intrafamiliar, los ataques aleves de las mafias criminales, “el silencio de las arias pajariles” resultaba de una importancia ínfima y que, alterar la agenda de los gobernantes para que dediquen atención a asunto tan simple, era francamente irracional. Que los quejosos bien podían recurrir a Mozart o Beethoven o aún a los destemplados acordes que gustaban a los jóvenes, para calmar sus cuitas.

Para sorpresa de todos, quien le respondió fue el Obispo de la diócesis, de la Orden de los Hermanos Menores. En breve carta dirigida al director, apelando al recuerdo y la devoción de los sencillos por San Francisco de Asís, decía que el canto matutino de las aves hacía menos desolado el mundo tan apurado por los trajines, la velocidad y el stress y que, más bien, había que preocuparse si aquella mudez no era un llamado de Dios para hacer un minuto de silencio y reflexionar sobre el rumbo que tomaba la sociedad.

En el programa más visto de la tele, una bióloga del Parque Botánico, que tenía tatuado el colibrí Nasca en la mejilla, trató de explicar que el silencio de las aves era una tragedia. “¿Se imaginan ustedes que las ballenas desaparezcan? No, mejor daré un ejemplo más cercano, imaginen que nuestros perros dejen de ladrar ¿No lo sentirían como algo anormal, como una enfermedad que necesariamente tendríamos que solucionar?”

El llamado que hizo la bióloga al comienzo del otoño llamó la atención de una cadena internacional de noticias que envió a su corresponsal para entrevistarla para su sección de curiosidades o noticias insólitas. Sólo después de aquella entrevista, los noticieros de la capital se interesaron por las enmudecidas aves de la ciudad.

Hubo también un debate cuando uno de los directivos del Cine Fórum Universitario propuso exhibir la película “Los pájaros” del desconocido Alfred Hitchcock, precursor del cine de misterio, lo que desató una tormenta de adjetivos de la Fratris Animalis y su inmediato veto.

Desde entonces y durante el invierno, la concurrencia a los parques en las madrugadas subió de manera consistente. Cantantes y músicos profesionales, en particular violinistas, guitarristas y flautistas se instalaban y ejecutaban piezas musicales sin mayor ceremonia ni programa, como tratando de estimular a los pájaros. Pero ellos persistieron en su silencio.

Contra esa desalentadora realidad, hubo un destello de esperanza cuando la Fratris Animalis publicó un informe preparado por tres eminentes ornitólogos chinos, en el que se concluía que, con el retorno de la primavera y al terminar un ciclo natural completo, se presentaban las condiciones para que el silencio de las aves culminara.

Dio la casualidad que ese año el primer día de la primavera caía en día domingo, de manera que el Obispo, concelebró una misa en la catedral a la medianoche, como si se tratara de una Misa Pascual. Todas las televisoras de la capital y dos cadenas internacionales de noticias enviaron a sus corresponsales para que se instalaran en el Parque Botánico desde la noche anterior con una ansiedad que cortaba el aliento.

Esa noche miles de personas la pasaron en blanco, pendientes de sus televisores y teléfonos, de los corresponsales que anunciarían cuál sería la reacción de los animales en esa madrugada tan especial, en la que biólogos, ornitólogos y meteorólogos habían asegurado que se presentarían todas las condiciones favorables para que las aves volvieran a cantar.

Para genuina curiosidad de centenares de miles y ruidosa felicidad de muchísimos, así ocurrió en esa madrugada. En efecto, en esas dos horas de profundo silencio humano se hizo claramente audible el canto de los pajarillos saludando la llegada del sol, que muchos escucharon por primera vez en sus vidas, puesto que antes no les había llamado la atención.

Al día siguiente, todos los diarios daban cuenta del alborozo de la población con abundantes fotografías de las aves y de las actividades que habían ocurrido en el primer día de la primavera. Había, inclusive, una entrevista al presidente de la Asociación Internacional de Ornitólogos, quien felicitaba a la BAC y a la ciudad por haberse librado del desastre que, no se sabe, concluía, se hubiera extendido a otras regiones.

Sólo El Imparcial consignó, en página interior, la noticia proveniente de la ciudad gemela en la que se daba cuenta que los pájaros habían dejado de cantar el día anterior y extrañamente todas las flores del parque principal se habían marchitado hacia el mediodía.