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Una publicación de la asociación SER

Xenofobia peruana: 13 y 14 de mayo de 1940 (I)

La creciente migración de ciudadanos venezolanos hacia el Perú en los últimos dos años está generando en estos días vergonzosas expresiones de rechazo y falta de solidaridad humanitaria en nuestro país.  No teniendo frontera común con Venezuela, el Perú no es el país que más emigrantes ha recibido.  Sin embargo, la numerosa presencia de una variada gama de inmigrantes --desde profesionales que ya han conseguido trabajo hasta vendedores ambulantes que luchan por sobrevivir--, se hace notar diariamente.  Hay que recordar que este flujo migratorio no solo ocurre a causa de la situación política de Venezuela, o por la crisis económica que padece el hermano país bajo el gobierno de Nicolás Maduro, sino por una irresponsable decisión del ex-presidente Pedro Pablo Kuczynski.

Convertido en el adalid de la democracia latinoamericana, encabezando al “Grupo de Lima” y en coordinación directa con el gobierno de EE.UU., el año pasado el efímero ex-presidente decidió invitar a venir a trabajar en el Perú a todo venezolano que quisiera “huir del chavismo”.  El impacto de esta improvisada política ha afectado, primeramente, a los propios migrantes venezolanos que, debiendo cruzar Colombia y Ecuador para llegar a nuestro país, han terminado generando una crisis migratoria internacional.  Y la causa de esta crisis migratoria hay que buscarla en la demagógica decisión de Kuczynski, que no tomó en cuenta ni la potencial longevidad del régimen Bolivariano (cuya caída ha sido predicha erróneamente ya varias veces), ni la capacidad de recepción (económica, social, cultural) del Perú.

La “xenofobia”, el rechazo a los foráneos, es un fenómeno poco frecuente en la historia peruana, ya que el país ha recibido en contadas ocasiones contingentes numerosos de inmigrantes extranjeros.  Sin embargo, hace 78 años, en Lima, se produjo una violenta y condenable muestra de xenofobia, de la que muchos no tienen noticia.  Recurramos a la explicación del historiador norteamericano Daniel Masterson, a quien traducimos a continuación.

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En los primeros dos años de la II Guerra Mundial: “La política de los EE.UU. antes de Pearl Harbor [7 dic. 1941] era… permanecer neutral pero proporcionar a Inglaterra la mayor ayuda posible dentro de las leyes de neutralidad.  Sobre todo, Washington buscaba proteger el Canal de Panamá y mantener neutralizados a los elementos del Eje [Alemania, Italia y Japón] en Latinoamérica.  Con este fin, el Perú era considerado de la mayor importancia por su proximidad a las inmediaciones del canal y su relativamente significativo número de residentes japoneses, alemanes e italianos”. [pp. 131-132]

“La II Guerra Mundial [1939-1945] redefinió los asuntos nacionales del Perú en muchas formas.  Aunque nunca fue un beneficiario real de la “Good Neighbor Policy” [la “Política del Buen Vecino” hacia Latinoamérica del presidente Franklin Roosevelt] durante la década de 1930, el Perú [bajo el gobierno de Manuel Prado Ugarteche, 1939-1945] se convirtió en uno de los mejores aliados de Washington.  El Perú rompió relaciones con el Eje en enero de 1942, de acuerdo a los deseos de los EE.UU.  Lima no declaró la guerra al Eje hasta tres años después, lo que también refleja los deseos de EE.UU.  La cooperación militar y económica entre el Perú y los EE.UU. fue amplia a lo largo de la guerra, aunque los EE.UU. claramente llevaron la mejor parte del intercambio.  La guerra no tocó territorio peruano ni afectó significativamente su zona marítima.  Sin embargo, algunos judíos peruanos fueron asesinados en el Holocausto, y cientos de japoneses, alemanes e italianos fueron arrestados y deportados a los EE.UU. como “peligrosos” enemigos extranjeros […]”. [p. 132]

“Ningún otro país de América Latina cooperó más estrechamente con los EE.UU. en el tema de los enemigos extranjeros que el Perú.  La población japonesa del país era una minoría impopular casi desde la llegada de los inmigrantes ‘nikkei’ en 1899.  La mayoría de los japoneses en el Perú se establecieron en el área metropolitana de Lima-Callao, donde eran más visibles que en Brasil, por ejemplo, donde la mayoría se asentó en áreas relativamente remotas del estado de São Paulo [como trabajadores en fincas productoras de café].  La mayoría de los japoneses en Lima estaban dedicados al pequeño comercio, teniendo contacto diario con los limeños.  Muy pocos se hicieron espectacularmente ricos, pero a la mayoría de los ‘nikkei’ les fue suficientemente bien durante los años de la Depresión [década de 1930] como para despertar la enemistad de las clases media y obrera de la ciudad.  Los japoneses raramente se vinculaban socialmente con los peruanos.  Esto provocó acusaciones de que no podían o no querían asimilarse, y que por ello eran una amenaza para el país.  Las cosas empeoraron, por supuesto, con el agresivo militarismo del gobierno de Tokio después de la invasión de Manchuria en 1931.  Con la invasión de China en 1937, el sentimiento anti-japonés se incrementó aún más.  El gobierno peruano [del Gral. Óscar R. Benavides, 1933-1939] básicamente rehusó recibir inmigrantes japoneses después de 1936.  La comunidad japonesa en el Perú también mostró una inusual insensibilidad ante la animosidad localista.  En 1938, por ejemplo, la Asociación Central Japonesa de Lima donó fondos que había recolectado entre sus miembros para financiar dos aviones de guerra para la campaña japonesa en China.  Esto se hizo con el completo conocimiento de que serios disturbios anti-japoneses habían ocurrido en los primeros años del régimen de Sánchez Cerro [1931-1933].  No es sorprendente que el peor motín anti-japonés ocurrido en toda América estallara en Lima a mediados de mayo de 1940”. [p. 132]

“Una prensa hostil y los insistentes falsos rumores de una “invasión” japonesa al Perú desataron los motines del 13 y 14 de mayo de 1940.  El APRA parece haber estado vinculada a esta campaña anti-japonesa.  Mientras que la policía de la ciudad se mantuvo mayormente al margen y no intervino, unos 600 negocios japoneses fueron saqueados o completamente destruidos.  Diez japoneses perdieron la vida y cientos fueron heridos en los disturbios.  Ya que muchos japoneses vivían en el mismo lugar donde tenían sus tiendas, lo perdieron todo.  El único refugio para muchos de los japoneses que quedaron sin hogar por el motín fueron los colegios japoneses de Lima.  El total del daño a las propiedades en los motines fue estimado por la embajada japonesa en Lima en 7 millones de dólares.  Es interesante que la actitud de extrema hostilidad anti-japonesa en el Perú aparentemente desincentivó al gobierno de Tokio a desarrollar una campaña de sabotaje en el Perú después de [el ataque japonés a la base naval norteamericana de] Pearl Harbor [7 dic. 1941].  La posibilidad de una acción masiva para castigar a los ‘nikkei’ del Perú fue vista como muy probable.  Así, después de Pearl Harbor, el pronto a ser expulsado embajador japonés pidió a las diversas asociaciones peruano-japonesas en el país mantener la calma, obedecer las leyes peruanas y prepararse para un largo período de sacrificio.  Eso es exactamente lo que los 25,000 japoneses que vivían en el Perú hicieron.  Con todo, muchos perdieron sus trabajos, sus negocios, a sus familias, sus hogares, e incluso sus nacionalidades […]”. [pp. 132-133]

Esta historia continuará.

 

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Traducido de: Daniel Masterson, ‘The History of Peru’ (Westport, Conn.: Greenwood Press, 2009).

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