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Una publicación de la asociación SER

Xenofobia peruana: los años 1941-1945 [II]

Foto: Negocio japonés, luego del saqueo de 1940

El más violento acto de xenofobia ocurrido en el Perú del siglo XX tuvo como víctimas a los miembros de la comunidad japonesa, vistos entonces como una amenaza: foráneos no asimilados, pese a que llevaban más de cuatro décadas de presencia en la vida del país.  Llegados a partir de 1899, originalmente como fuerza de trabajo agrícola, sumaban unas 25,000 personas en 1940 y se concentraban mayormente en Lima, dedicados principalmente al comercio minorista.  El Censo Nacional de este último año registró una población total de 7’023,111 habitantes, de los que solo un 0.35% eran japoneses.

La situación internacional (expansionismo japonés en China), los cambios políticos internos (del gobierno pro-fascista del Gral. Benavides al gobierno pro-norteamericano de Prado Ugarteche) y la demagogia local (entre otros de Haya de la Torre y el APRA), se sumaron a las percepciones populares negativas en su contra.  La violencia xenófoba estalló los días 13 y 14 de mayo de 1940, cuando la población de Lima atacó, saqueó y destruyó unos 600 negocios de migrantes japoneses en la ciudad.  Los motines costaron la vida de 10 japoneses y hubo cientos de heridos, que perdieron sus casas y negocios.  Según el historiador norteamericano Daniel Masterson, este fue “el peor motín anti-japonés ocurrido en toda América” [p. 132].  Irónicamente, 10 días después de estos sucesos, Lima sufrió uno de los peores terremotos del siglo, el 24 de mayo de 1940.

¿Cuál fue el papel del APRA en la xenofobia anti-japonesa de esos años?  ¿Qué ocurrió después con los japoneses en el Perú, durante la II Guerra Mundial?  ¿Y con los inmigrantes italianos y alemanes, que también formaban parte del “Eje” Roma-Berlín-Tokio?  Recurramos a la explicación de Masterson, a quien traducimos a continuación.

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Un año antes de los motines anti-japoneses, en las elecciones de 1939: “el APRA alcanzó un acuerdo tácito antes de la elección para apoyar a [Manuel] Prado [Ugarteche] a cambio de la posibilidad de una legalización futura del partido durante su gobierno.  Más aún, los líderes del APRA, pese a su activismo radical, estaban claramente moderando su fuerte discurso anti-imperialista y alabando la “Política del Buen Vecino” [del presidente Franklin Roosevelt] mientras buscaban el apoyo de Washington para su partido.  Este fue el primero de muchos virajes en la ideología del APRA que ocurrirían en las siguientes tres décadas […]”. [p. 131]

Después de la guerra fronteriza peruano-ecuatoriana, de julio a octubre de 1941: “El APRA, aunque todavía técnicamente en la ilegalidad, alabó la campaña militar e incluso visitó el cuartel general del [Gral. Eloy G.] Ureta [jefe de las fuerzas peruanas] para felicitarlo.  El APRA siguió una estricta política de evitar intrigas cívico-militares [como sí había practicado en la década de 1930] durante la Guerra con Ecuador y la mayor parte de la II Guerra Mundial.  El partido adoptó una política pro-norteamericana y se presentaba como el elemento contrario al Eje más importante en el Perú.  Haya de la Torre fue particularmente agresivo atacando a la población peruano-japonesa, afirmando repetidamente que los miembros de su partido podían ser fuerzas efectivas de contraespionaje si eran utilizadas apropiadamente por los EE.UU.”. [p. 137]

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“Poco después de Pearl Harbor [7 dic. 1941] y a pedido del Departamento de Estado de los EE.UU., el Servicio de Inmigración y Naturalización, y el Buró Federal de Investigaciones (FBI), el gobierno de [Manuel] Prado [Ugarteche, 1939-1945] elaboró una lista negra de líderes de negocios y de la comunidad japonesa, que eran vistos como posibles enemigos extranjeros.  La inteligencia militar peruana y el FBI, que había asumido la responsabilidad del contraespionaje en América Latina [antes de la creación de la CIA en 1947], no tenían evidencias concretas de actividades de espionaje japonés en el Perú.  El gobierno de Tokio, a través de su embajada en Lima, había más bien instruido a los ‘nikkeis’ del Perú a mantener un perfil bajo para evitar que se repitiesen los motines de mayo de 1940.  Sin embargo, la seguridad del Canal de Panamá era una preocupación, y el mismo tipo de [temores de una] subversión imaginaria que motivó el internamiento de los japoneses estadounidenses, causó que muchos peruanos presionaran para que los japoneses peruanos abandonaran el país.  Un programa propio de internamiento para la mayoría de los japoneses peruanos fue puesto a consideración y rechazado por muy costoso.  Los ‘nikkeis’ del Perú también fueron considerados como posibles sujetos de intercambio con ciudadanos estadounidenses capturados tras las líneas enemigas en Asia”. [p. 133]

“A fin de cuentas la falta de barcos en época de guerra terminó limitando el programa de deportaciones.  En un período de tres años, a partir de abril de 1942, un total de 1,800 ‘nikkeis’ fueron arrestados y deportados a campos [de concentración] en el suroeste de los EE.UU.  La mayoría fue enviada finalmente al Japón, destruido por la guerra; solo un puñado de ellos regresó al Perú”. [p. 133]

“La pequeña población de italianos y alemanes del Perú también se vio sujeta a listas negras y deportaciones, pero no en la misma proporción que la numerosa comunidad japonesa.  Ambas comunidades estaban bien asentadas desde antes de la II Guerra Mundial y disfrutaron de buenas relaciones con el gobierno de [el Gral. Oscar R.] Benavides [1933-1939].  La comunidad italiana en el Perú de hecho declinó durante los años de entre-guerras [1918-1939, debido a las políticas anti-emigración del régimen de Mussolini desde 1922] siendo solo 7,618 personas.  Con todo, sus miembros eran prominentes en la banca (Banco Italiano), empresas de servicios, manufacturas y comercios.  Su número reducido, similares tradiciones culturales (particularmente el Catolicismo) y un significativo apoyo crítico de la prensa (el diario ‘El Comercio’ de los Miró-Quesada), ayudaron a su causa.  Sobre todo… el Perú no fue crítico de los intereses de Mussolini después de la Guerra [de conquista italiana] de Etiopía [en 1935-1936].  Los partidos fascistas en América Latina estuvieron orientados principalmente hacia el modelo Nazi.  Las figuras políticas de derecha más importantes como [el Gral.] Benavides y [José de la] Riva-Agüero se sentían mucho más cómodos con el fascismo italiano que con las creencias radicales de los Nazis.  De este modo, durante la II Guerra Mundial, los italianos nunca fueron un objetivo real de la campaña de contraespionaje del gobierno peruano o norteamericano […]”. [pp. 133-134]

“La pequeña comunidad alemana en el Perú todavía debe ser estudiada a profundidad.  Puede decirse, sin embargo, que el gobierno alemán y el ‘Abwher’ (Servicio de Inteligencia) tuvieron objetivos limitados en el Perú.  Pese a sumar solo 2,122 personas, la comunidad alemana estaba concentrada en el exclusivo suburbio limeño de Miraflores y estuvo así bastante accesible a la vigilancia de los Aliados.  Los alemanes en Lima socializaban usualmente con la élite peruana y tenían poco contacto con la “gente de la calle”, como sí era el caso de los japoneses.  No hubo demostraciones abiertamente anti-alemanas o anti-italianas en Lima, ni antes ni durante la guerra.  Y sin embargo, el sistema de vigilancia del gobierno peruano y de los Aliados aún ubicó, arrestó y deportó a unos pocos italianos y alemanes de las listas negras del F.B.I.  Estas detenciones demuestran el deseo del presidente Prado [Ugarteche] de cooperar estrechamente con la campaña de seguridad hemisférica de los EE.UU.  Uno de los últimos embarques de deportados del Perú, a finales de marzo de 1944, refleja bien las proporciones de los expulsados a lo largo de la guerra.  Destinados al “campo de internamiento familiar” de Crystal City, en Texas, los inmigrantes sumaban 7 italianos, 165 alemanes y 368 japoneses […]”. [p. 134]

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La tolerancia del gobierno de Prado Ugarteche respecto de unos enemigos (los europeos ítalo-germanos) y su intolerancia respecto de otros (los japoneses) expresa un racismo muy difundido en la primera mitad del siglo XX.  Una de las víctimas de esta combinación de racismo y xenofobia fue nada menos que el ex-presidente Alberto Kenya Fujimori Fujimori, nacido en 1938.  Masterson cuenta: “Su niñez estuvo marcada por penurias ya que la familia evitó por poco la deportación a los EE.UU. durante la II Guerra Mundial.  [Su padre] Naoichi Fujimori perdió su negocio de refacción de llantas, confiscado por el gobierno de Prado.  Es muy probable que no haya sido deportado porque la familia no participaba activamente en los asuntos de la comunidad japonesa.  La condición económica [humilde] de Naoichi también lo mantuvo fuera de la lista negra de potenciales deportados del gobierno peruano”. [pp. 204-205]

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Traducido de: Daniel Masterson, ‘The History of Peru’ (Westport, Conn.: Greenwood Press, 2009).