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Una publicación de la asociación SER
Periodista y escritor. Con interés en la política y la cultura

Uchuraccay: lección para el periodismo actual

En su última columna publicada en el semanario “Hildebrandt en sus trece”, el escritor Juan Manuel Robles resalta la vigencia de la crónica como género periodístico.

Robles destaca que la crónica, un género olvidado en las salas de redacción, haya dicho presente en dos libros que han dado que hablar el año pasado: “Guerras del interior”, de Joseph Zárate, que trata de los conflictos socioambientales más importantes de los últimos años; y “Benditos”, de Kike La Hoz y Renzo Gómez (buen amigo mío), que cuenta las historias de los personajes claves en la histórica clasificación de la Selección Peruana de Fútbol a una Copa del Mundo luego de 36 años.

Al mismo tiempo, Robles lamenta que la crónica ande “en peligro de extinción” y que además esté “menospreciada, malentendida y falsificada”. Como bien apunta el autor de “No somos cazafantasmas”, este género no solo es un relato construido con palabras bonitas, sino que “requiere investigar hondamente; revisar documentación, fotos de archivo, videos, incluso expedientes policiales y judiciales”. Investigación pura y dura para contar historias y denuncias.

En el periodismo peruano actual no se practica la crónica. La mayoría de los diarios ha abandonado ese género. Pero lo que menos hay es investigación. Las razones abundan. Los grandes medios no apuestan por invertir. Se prefiere un “periodismo de declaraciones”, en el que Fulano le dice a Mengano “corrupto”, y Mengano le responde “ladrón”; y viceversa. Otros prefieren difundir noticias de la farándula para tener más likes en sus redes sociales, o dar cuenta de que, según estudios, el vino es mejor que los ejercicios. Los demás eligen por el periodismo de conversación, un género (¿?) más práctico y cómodo, donde lo que resalta no es la “pepa” que suelte el entrevistado, sino la supuesta intelectualidad del entrevistador.

Pocos medios se salvan de esta ausencia por la curiosidad. El propio semanario dirigido por César Hildebrandt, junto a medios digitales como IDL-Reporteros, Ojo Público y Convoca, por citar algunos, se atreven a contar lo que otros no quieren que se sepa, parafraseando al periodista argentino Horacio Verbitsky.

Esa vocación por la curiosidad fue la que tuvieron los ocho periodistas que fueron a Uchuraccay en la última semana de enero de 1983, para saber qué estaba ocurriendo en esta localidad de la provincia de Huanta, en el departamento de Ayacucho, donde tres años atrás se había iniciado la violencia de Sendero Luminoso, que a su vez dio paso a la represión militar, con lo que una población desprotegida quedó entre dos fuegos.

Estos ocho periodistas no se comieron la nota de prensa oficial, que decía que todo estaba bajo control de las fuerzas armadas. Los habitantes de Uchuraccay se resistían a Sendero, y le asestó golpes duros. Los subversivos, a su vez, respondieron contra la población. El Ejército intervino para poner orden a su manera: represión contra la población. Unas muertes en Huaychao despertaron la curiosidad periodística.

Estos periodistas, como buenos investigadores, fueron al lugar de los acontecimientos para encontrar la verdad, sin saber que hacerlo les costaría la vida. Unos cuarenta habitantes de Uchuraccay salieron al encuentro y los asesinaron, confundiéndolos con senderistas, gracias al consejo de los “sinchis”, un grupo especial de la desaparecida Guardia Civil que sostenía que solo los senderistas iban a pie, mientras que las fuerzas del orden iban en helicóptero.

El caso generó que, como toda localidad andina, oculta de la visión limeña, Uchuraccay figurara por fin en el vocabulario nacional. Pese al paso de los años, Uchuraccay sigue presente en la memoria del periodismo comprometido y del movimiento de los derechos humanos.

Uchuraccay no solo nos recuerda un hecho impactante, como tantos que ocurrieron durante la era de la violencia política. También nos recuerda que hubo un tiempo en que el periodismo, sin Google ni redes sociales, se aventuraba a buscar la verdad, sea cual fuere el riesgo que ello implicaba. Y que estaba dispuesto a contarla. Es sintomático descubrir que de las cuatro publicaciones para los que trabajaban las futuras víctimas, solo existe una actualmente: el diario La República. Los canales y demás medios de la época solo asomaron cuando la tragedia estaba consumada.

En tiempos donde el periodismo parece estar destinado al copy-page, y en el que se ha puesto al descubierto una red de corrupción en el sistema fiscal y judicial, Uchuraccay interpela al periodismo. Al respecto, César Hildebrandt nos dice, en uno de sus artículos conmemorativos sobre Uchuraccay, que sus colegas “se expusieron al peligro por cumplir el primer deber del periodista: descubrir la verdad” y pusieron alta la valla. Muy pocos hacen esfuerzos por alcanzarla, en estos tiempos de fakenews y noticias irrelevantes.

Esa es la dolorosa lección de Uchuraccay, 36 años después.