Bikut Toribio Sanchium

Opinión

El Baguazo en la memoria del corazón

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No hay una eternidad que no sea la del corazón. La que se siente y vive ahí, en un instante, puede convertirse en la memoria más predominante de la humanidad. Pues, el amor, la tristeza, el dolor, y todos esos sentimientos que brotan en el corazón quedan registradas hasta siempre y por siempre. El Baguazo es una tragedia escrita en el corazón del pueblo Awajún-Wampis, y en definitiva, del pueblo peruano. En memoria de aquellos que dieron su vida por defender el territorio amazónico, manteniendo su ideal y pensando más que en la ambición de poder económico, en la vida de sus seres más amados.

El día ardía

Era la madrugada más deliciosa del día ardiente de vida.

Atisbado con la presencia de la esperanza el orgullo rimó en su noble lenguaje: amor.

De paso, por amor a la justicia y en honor a la digna vida incierta el corazón suspiraba el último amanecer en Corral Quemado.

Pronto los combatientes volverían a su lugar y dormirían como manda la ley de la vida, al lado de su amor.

Eran los bagüinos combatientes por su territorio, hogar de todos.

Y clamaban al ras de su valentía la riqueza de su tierra, una jungla de ensueño.

bagüinos que soportaron el dolor monstruoso, el hambre atrevida, los golpes cobardes, los juicios sin brillo, dejaban fluir su vida al corriente de su sonrisa.

Eran los bagüinos querellantes de paz noble, justicia justa y armonía como motor del corazón.

En definitiva, eran los bagüinos convencidos luchando por el respeto de la madre tierra.

El frío no se alejó aquella madrugada dulce.

Los cantos de las aves daban la primacía del amanecer.

Sin embargo, los semejantes de Dios derrotados por su sueño dormían arrojados en la orilla del camino de vuelta.

Y no por eso eran inhumanos, sino peruanos como todos de mi nación en su última madrugada un cinco de junio.

La sorpresa fue tiránico y titánico como el rumor del fin del mundo.

De un momento, las balaceras llovieron y amargaron la madrugada dulce.

Entonces, el clamor de la justicia perdió dirección, caía herido, sangraba dolor.

La lluvia de los disparos sorprendió a los bagüinos que...

Ayyy! dolor humano que pena eterna vida.

La política leonina, brutal con su cobardía, con su irónica voz de avaricia, irracional en su corazón otra vez amenazaba a mi pueblo.

En fin, los autores con la sonrisa más brillante inauguraron el día con la escena más trágica.

Y así, fue conculcada la dignidad del Perú.

Los políticos del poder con su sonrisa hipócrita mostraban su verdadera cara.

Acribillaban con el demonio de su espíritu a su gente, a sus principios, a su riqueza y a mi país.

Los llantos se adueñaron a son de furia de la Curva del Diablo.

El día no tenía con qué excusarse para brillar una sonrisa de vida.

La sangre corría como un río, como una vida, como un destino.

Pero la justicia seguía ahí parada en el corazón de los bagüinos, quienes combatían con la mirada en frente.

Aunque como piezas de ajedrez los actores de la tabla de la escena fueron manipulados por la política podrida de malicia, excretada a la muerte.

Aquella mañana, los niños ya dibujaban su futuro del horizonte con el atardecer de la vida.

Las madres se alistaban con la fuerza más diminuta de la naturaleza humana que los vio nacer.

Los viejos se alertaban entre murmullos.

Porque cobardes balas atisbaban la vida de mí pueblo.

La esperanza de pena se carcomía.

Entre gritos mis hermanos caían heridos como salvajes.

¡Lamentos existen y lamentos se pudren!

Mis hermanos daban su último adiós con su gesto impensado.

Era el llamado de la muerte y el final de la vida en la tierra.

Los llamados por la vida sobrevivían sin compasión de sus contrincantes.

El día ardía el fuego confundido entre la vida y la muerte.

La sangre se tejía en la tierra.

Bagua ya era un hito de la desgracia del poder y el valor del poder de mí pueblo se construía con la sangre derramada.

Era el Baguazo que se registraba en la historia del Perú.

Las injusticias se sembraban y se escribían en la Curva del Diablo.

La fría muerte apagaba las luces de los ojos de mí pueblo.

Bagua se convirtió en una caldera inundada por el viejo ideal.

El ideal del desarrollo coronado arrojó a la justicia en el dolor.

Y la dignidad humana fue vaciada al tacho de ambición como un residuo más.

Pero mi pueblo, mi gente, mi Bagua siguió en pie de lucha y Dios con sus ojos de todo y eterno registraba aquello.

Entonces, Bagua rompió paradigmas…