Ana María Pino Jordán

Opinión

El litio pone el patrimonio de Puno en peligro de extinción

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Hace pocos días El Comercio informó que el litio de Carabaya sería explotado por compañías canadienses. Días después, en el portal Otra Mirada, Humberto Campodónico hizo una mirada crítica al proyecto mostrando los intereses que se mueven tras las negociaciones entre las empresas interesadas, señalando el rol subsidiario de Estado peruano en todo ello.

Los que permanecen ocultos son, como sucede en situaciones como esta, los efectos que tendrá la explotación minera en la zona, no sólo en el territorio, el paisaje, el patrimonio cultural, sino fundamentalmente para sus pobladores.

Años atrás, hubo en la zona una fuerte reacción por la concesión a la empresa Yellowstone para la explotación de uranio. Luego de protestas y movilizaciones, incluso a nivel internacional porque se habría afectado una zona arqueológica de pinturas rupestres en Corani, que fue declarada como Patrimonio de la Nación en el 2005, quedó en suspenso la actividad de la empresa minera. Además el Estado no avanzó en formular el protocolo que debería seguirse en la explotación de un material radiactivo.

Ahora, sabemos que es la misma empresa la que está detrás de la explotación de litio, y también sabemos que tanto el litio como el uranio son parte del conjunto de compuestos que conforman lo que se denominan “tierras raras” de las cuales China tiene el monopolio, siendo uno de los actores principales de la “guerra económica” que involucran también a las industrias relacionadas con la electrónica, principalmente las de baterías para vehículos y dispositivos móviles, en la que el litio es la base.

Sabemos de la problemática que genera la explotación de este metal, por las noticias que llegan de Chile, Argentina y Bolivia, pero no recibimos información de cómo se hará en nuestro país, ni de boca de las autoridades del gobierno central, ni del gobierno regional, y menos del gobierno local. Lo que se puede recoger son versiones sobre la preocupación de la población, antes por el uranio y ahora por el litio. Y es que no solo son las pinturas rupestres y el impresionante paisaje natural de la zona ― el cual podría configurarse como un destino turístico de primer orden ― lo que está en peligro de extinción pues todo indica que la explotación sería a tajo abierto o pulverizando roca, sino también la explotación alpaquera de la zona. No debemos olvidar el reconocimiento de Carabaya y Macusani como “capital alpaquera del mundo”, al lograr la patente de marca otorgada por INDECOPI, en el 2019. Los criadores de la zona son conocidos a nivel mundial por el desarrollo alcanzado en la producción de animales y la calidad de fibra lograda.

El esfuerzo de años, tanto de productores como de artesanos alpaqueros de Macusani está en riesgo. Ellos son depositarios de conocimientos ancestrales para la crianza de sus animales, combinados con el manejo de su territorio que involucra pastizales, bofedales, agua, y su propia existencia en cabeceras de cuenca, a más de 4300 msnm. Si ellos tienen que salir tanto por la propia explotación minera, como por lo que significaría esta para su salud y la de sus animales, estaríamos frente a un proceso de flagrante “epistemicidio” (exterminio de saberes), Recordemos que le debemos a los auquénidos gran parte de nuestro avance civilizatorio; nuestros ancestros lograron la domesticación de esta especie que muchos investigadores consideran como equivalente a la importancia que tuvo el caballo, o el camello en otras latitudes. No está demás señalar que alrededor de la alpaca y la llama, no solo está en juego la fibra, además está en juego la seguridad alimentaria y la salud emocional de la población de la zona que considera a sus animales como parte de su familia y son el centro de muchos rituales tanto de agradecimiento como, y fundamentalmente, para pedir permiso a todo lo que se relaciona en su entorno. Es toda una cultura la que también se afectaría.

La vida útil de una explotación minera, según los entendidos, es de 15-20 años. Es una actividad extractiva, no regenerativa. Luego que cierre la explotación ¿quedará un paisaje desértico o la empresa mitigará los pasivos ambientales de tal forma que se pueda volver a criar alpacas? ¿La gente que salió podrá volver? ¿Habrá conservado su conocimiento sobre la crianza y el manejo del territorio, cuando son conocimientos que se transmiten de generación en generación y se renuevan/validan en la práctica? Sin mucho esfuerzo creo que ni los conspicuos técnicos, ingenieros y/o veterinarios, se atreverían a asumir la tarea de revertir la situación. Ni qué decir de la herencia de más de 10,000 años que habrá quedado confinada, y reducida en un centro de interpretación.