Victor Liza

Opinión

Elecciones presidenciales: Pedestal para nadie

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Cada día es un pozo, el fondo de algo que duerme ya sin ojos, nos acecha. Cada día es un poco de tierra que cede. Cada día que pasa es una lástima. Cada día es la puerta de una casa sin muros. Cada día es un sol a medianoche. Cada día alguien pone sobre un rostro un espejo: tú eres el vaho que el cristal aguarda.

César Calvo, Pedestal para nadie, 1975.

El epígrafe de este poema de César Calvo escenifica una caída en picada. Parece graficar una situación que puede aplicarse sin problemas a este Perú de los años veinte, nada dorados y más bien tormentosos. Todos los días, en las redes sociales hay pedidos de camas UCI y lamentaciones de muertes de familiares y seres queridos. En zonas populares, familias enteras se infectan y perecen en sus casas. El periódico británico Financial Times acaba de confirmar esta cotidianidad: tenemos la peor mortalidad en el mundo. En consecuencia, es la peor gestión de la pandemia.

Ante esta casi anarquía, el sálvese quien pueda se ha impuesto. La prioridad de los peruanos es generar ingresos para sobrevivir, aliviar a sus enfermos y enterrar a sus muertos. En ese esfuerzo, se quedan endeudados de decenas de miles de soles. No nos han cuidado nunca y nos cuidan peor ahora, es la conclusión de la ciudadanía sobre sus políticos.

En medio de esta pesadilla, dieciocho candidatos presidenciales nos piden que les demos nuestros votos. A pocos días de la primera vuelta, ninguno genera entusiasmos masivos. El más votado no supera el quince por ciento de las preferencias electorales. Un tercio del país no decide nada. Otros quizá ni vayan a votar, pues no vale la pena contagiarse por los políticos. “¿De verdad a nadie le hace ruido esto?”, se pregunta Zaraí Toledo, doctora en ciencia política que hace rato tiene nombre propio, en su cuenta de Twitter. “Es una hecatombe”, afirma el consultor político ecuatoriano Jaime Durán Barba, consultado por Radio La Pizarra en una reciente entrevista sobre las elecciones en su país y en el Perú.

Como en la Argentina del 2001, estamos ante un “que se vayan todos”. Dos años después, los candidatos que pasaron a segunda vuelta, Carlos Menem y Néstor Kirchner, no superaban el 50% juntos. El primero, expresidente por diez años, tuvo que renunciar al ballotage, porque el segundo le ganaba en las encuestas por 70-30. Lo curioso es que los dos finalistas eran del Partido Justicialista, fundado por Juan Domingo Perón, que sumados a otro candidato de la misma agrupación, Adolfo Rodríguez Saá, sumaron el 60% de los votos. Cuando se dice “que se vayan todos”, en realidad se queda el más fuerte, en este caso el peronismo. Tan fuerte sigue siendo, que en la última elección del 2019, el candidato a vicepresidente de Mauricio Macri era peronista.

¿Hay algún partido político que pueda considerarse “el más fuerte” en el Perú? Las encuestas nos dicen que no. Estamos lejos de una salida a la argentina, y más bien cerca al Ecuador de antes de Rafael Correa, que en una década tuvo siete presidentes. El año pasado tuvimos tres, y si contamos este quinquenio, ya contamos cuatro. Dada la fragmentación del voto, y con los antecedentes de algunas bancadas que continuarán en el Congreso, el próximo presidente puede correr la misma suerte de Pedro Pablo Kuczynski y Martín Vizcarra: renunciantes o vacados. Algunos candidatos dicen que buscarán entendimientos con las otras bancadas. Otros, que su alianza será “con el pueblo”. Discursos de campaña. Y no olvidemos que antes de ese escenario, tendremos un conteo de votos de infarto, en el que algunos aprovecharán para denunciar un fraude que no se avizora.

Lo real es que podemos caer más bajo, aún en medio de la peor crisis social y económica de la historia peruana. El pedestal del poder en el Perú no estará disponible para nadie por un buen tiempo. Solo quien acumule legitimidad popular y se sostenga en una organización política podrá lograrlo. Correa y el peronismo, nos guste o no, son ejemplos de ello. Y quizás en ese momento, con un gobierno firme para tomar decisiones, cada día deje de ser una lástima o el fondo de algo, como decía César Calvo en su poema.