Jorge Frisancho

Opinión

Hora de cambiar

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En estos días, he visto, escuchado y leído a mucha gente que desprecia a Pedro Castillo y se lamenta de lo que será su posible gobierno por no ser él —es obvio, no lo es— una persona con cultura académica y refinamiento intelectual.

Es cierto que eso conlleva riesgos, y que estos riesgos se suman a los que la desorganización de su campaña presidencial y las tensiones internas que la han venido marcando hasta ahora también hacen evidentes. Son riesgos serios y no deben minimizarse.

Pero, al mismo tiempo, hay algo profundamente antidemocrático y clasista en la valoración que muchas personas hacen del candidato como una persona limitada en sus conocimientos. Esto a mí me parece lo más importante, lo que determina el juicio y lo invalida en última instancia, revelándolo como mucho más visceral que racional.

Pedro Castillo es un hombre como millones de las peruanas y los peruanos a quienes busca gobernar. Tiene las mismas experiencias de vida que ellas y ellos. Experiencias de pobreza, de precariedad, de esfuerzo personal, de trabajo inimaginablemente duro en condiciones de abandono y opresión. Tiene, además, la experiencia de arraigo y filiación comunitaria que caracteriza a los peruanos de origen rural, y la experiencia de afiliación y lucha sindical que es parte fundante (o debería serlo) de la política de izquierda.

Todos esos son aprendizajes. Aprendizajes profundos, de los que marcan a las personas y les enseñan a ver el mundo con claridad. El hecho de que no lo entiendan así o no quieran reconocerlo tantos compatriotas de clase media, graduados universitarios, incluso intelectuales de buena intención y demostrada solvencia, es un indicio de las grietas que marcan desde hace tanto tiempo nuestra sociedad, y dice mucho más de ellos que del candidato. Y el hecho de que piensen o sientan que alguien como Pedro Castillo no debe gobernar precisamente por ser tan del común, tan normalmente peruano, es señal de cuánto fruto siguen dando todavía entre nosotros las semillas de la colonialidad.

Lo cierto es que ni los ingenieros, ni los economistas de alto vuelo, ni los abogados, ni los técnicos ni los empresarios que nos han gobernado por tanto tiempo han hecho de este un país decente, o un país ordenado, o un país que responda mínimamente bien a las necesidades de sus ciudadanos. Han hecho lo contrario. Han hecho de cada oportunidad un desastre, sumiéndonos en un inacabable torbellino de inseguridades, corrupción e informalidad. En buena medida, tenemos el país que tenemos por lo que esos gobernantes hicieron, y a nadie debería escapársele que es ya desde hace rato la hora de cambiar.

¿Hay riesgos? Claro que los hay, como dije al principio. Pero la realidad es esta: el riesgo de ahondar nuestros problemas, de cavar nuevos hoyos, de no salir de nuestros atolladeros es lo que enfrentamos en cada elección. No hay nada nuevo ahí. Desde hace décadas, cada gobierno que se instala en el Perú es un peligro existencial. Y todos los gobiernos enfrentan una situación inmanejable ante la cual inevitablemente cometerán errores y se equivocarán mucho más de lo que lograrán acertar. Lo que cuenta es la intención con la que se gobierna y la dirección en la que se busca empezar a mover las cosas, que de todas maneras se moverán.

A fin de cuentas, los conocimientos necesarios para administrar el Estado se pueden y se deben delegar. Técnicos inteligentes y capacitados, por supuesto que los hay. Pero la experiencia que se requiere para gobernar con genuino entendimiento de la realidad y con genuina empatía por los conciudadanos no es algo que se pueda comprar o alquilar. Esto último, más que lo primero, es lo que realmente no ha tenido y necesita el país, y en estas elecciones, Pedro Castillo es el único candidato con posibilidades de llevarlo a Palacio. El riesgo mayor que corremos es el de no darle la oportunidad.