Jorge Frisancho

Opinión

Memoria, emancipación, utopía: "Sobre héroes y víctimas"

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I

El desafío más profundo para la izquierda contemporánea, tanto a nivel global como en el contexto peruano, quizá sea la reconstrucción de un horizonte utópico, la capacidad de imaginar un mundo distinto y orientar tanto el pensamiento como la práctica en esa dirección. Encarnar la promesa de lo radicalmente nuevo, y no tan solo la opción de administrar lo que existe un poco mejor que la actual gerencia (o un poco peor, que también se da el caso). Salir de ese estado de ánimo que Walter Benjamin describió ya en los años 30 como una "melancolía”, marcada por el pesimismo intelectual y político, así como por una paralizante conciencia de las derrotas pasadas. En suma, quebrar lo que en tiempos más recientes ha empezado a llamarse “realismo capitalista”, una prisión ideológica perfectamente resumida por el potente y perverso slogan neoliberal: no hay alternativa.

Por supuesto, hay razones para esa “melancolía de izquierda”. La historia del siglo XX estuvo tachonada por la derrota de proyectos políticos emancipadores barridos del mapa con extrema violencia por fuerzas reaccionarias, así como por el fracaso de otros que, una vez capturadas las riendas del poder estatal, implantaron grotescos autoritarismos y dictaduras genocidas, y dejaron tras de sí una estela de sufrimiento y miseria difícil de borrar. En el camino, la idea misma de la emancipación humana a través de la acción política pareció ir perdiendo piso, confrontada con las tragedias de lo hecho en su nombre y el envenenamiento de sus mejores intenciones, al tiempo que sus vocabularios y sus esquemas interpretativos parecían volverse más y más rígidos, más y más desfasados, menos y menos capaces de comprender nuevas realidades históricas.

En el Perú, además, la experiencia del Conflicto Armado Interno iniciado en 1980 enfrentó a la izquierda con un monstruo gestado en sus propias entrañas, agente de un horror abismal, y no solo proveyó a sus enemigos y antagonistas con una imagen de fácil acceso para desestimarla —las mil y una variantes del terruqueo, desde las más burdas hasta las más sofisticadas—, sino que inhabilitó sustantivamente sus lenguajes críticos y sus prácticas radicales, al tiempo que una dictadura corrosivamente corrupta terminaba de aplastar sus organizaciones. Basta decir en voz alta palabras como subversión, revolución o incluso comunismo, con la pesada carga de negatividad que tienen hoy en nuestra esfera pública, para entender el alcance de esta pérdida.

En Sobre héroes y víctimas, su más reciente libro (Penguin Random House, 2020), el crítico cultural Juan Carlos Ubilluz traza un mapa de este entrampamiento e intenta abrirle vías de salida, articulando desde el campo académico la posibilidad de un pensamiento radical que se imbrique con nuevas prácticas políticas. Su intención es polémica, combativa y —aun cuando se enuncia desde el andamiaje de la alta teoría crítica europea— punzantemente local, como anuncia su subtítulo ya desde la carátula: “Ensayos para superar la memoria del conflicto armado”. Se trata de una entrada importante en un debate largamente pospuesto en el Perú, y merece amplia atención. Más, sin duda, de la que ha recibido hasta ahora.

II

Sobre héroes y víctimas se divide en una introducción y tres capítulos, a cada uno de los cuales sigue una “intervención” del autor. Cada capítulo está dedicado a la minuciosa lectura crítica de un texto o conjunto de textos capitales en la escritura peruana sobre el conflicto armado: Los rendidos y Persona, de José Carlos Agüero; La sangre de la aurora, de Claudia Salazar Jiménez; Memorias de un soldado desconocido, de Lurgio Gavilán. Las intervenciones parten del análisis de estos textos para elaborar un contra-argumento a la limitación política que Ubilluz encuentra en ellos, la cual diagnostica como síntoma de un bloqueo mayor, más profundo y más drástico, en los discursos peruanos contemporáneos, y específicamente, en sus variantes progresistas.

La naturaleza de este bloqueo está descrita con nitidez en la introducción. Siguiendo al filósofo francés Jacques Ranciére, Ubilluz lo describe como el resultado de un “giro ético” en la forma en que el progresismo peruano habla sobre la historia reciente del país y su política, en contraposición a los discursos de la seguridad nacional y los de la alternativa revolucionaria. Para Ubilluz, este giro ético “tiende a funcionar como un reparo a la política de emancipación radical” y como “un dispositivo del pensamiento que vuelca la atención de la propuesta de un proyecto político a la sospecha de que detrás de él se esconde una amenaza letal”. Esta sospecha es la convicción de que los proyectos emancipadores derivan, necesaria e inevitablemente, al totalitarismo y la catástrofe. Cambia el “una vez más” que la voluntad revolucionaria esgrime ante la derrota de su intento, por un “nunca más” que cancela su posibilidad.

La figura desde la cual este tipo de discurso construye sus significados es la figura de la víctima, y la acción política fundamental se entiende ya no como una transformación fundamental del orden existente, sino como una reivindicación de su estatus y sus derechos dentro de ese orden. La figura de la víctima toma el lugar de la antigua figura del héroe revolucionario, cuya memoria anunciaba la posibilidad de una transformación mesiánica, redentora; la memoria que se instituye en torno a la víctima depende de un “relato moral del desastre”, es “la memoria del dolor” antes que la de la lucha política, y la temporalidad sobre la cual erige su narrativa no es la de la redención sino la de la angustia. En última instancia, según Ubilluz, el “giro ético” centrado en la figura de la víctima afirma el sistema presente, apuntalando el consenso de que “el principio de realidad es el capitalismo y la democracia parlamentaria es nuestra moral”.

En la obra de José Carlos Agüero, Ubilluz identifica una variante del giro ético directamente vinculada con aquella “melancolía de izquierda” que mencioné más arriba. La escritura de Agüero, escribe (y es cierto) “es un ácido corrosivo sobre el metal con que se fabrican las armas de guerra”, y fluye a partir de un “saber de sentido común” cuyo deseo básico es el mantenimiento de la paz social. Ese deseo implica deponer la subjetividad heroica, algo que Agüero formula de manera explícita como una primacía de las consideraciones éticas sobre las políticas, una valoración de “lo que le hicieron a la gente” sobre “lo que la gente hizo” y un despliegue en cierta medida estratégico de la figura de la víctima en tanto que esta les otorga a muchas personas “un lugar en el mundo”, dentro de un sistema que con mucha frecuencia se los niega.

Finalmente, el reclamo que hace Agüero de una identificación ética con las víctimas —específicamente, con los muertos— conduce al silencio, a la clausura del habla, que es en efecto hacia donde parece derivar su propio trabajo en Persona. Si bien es posible imaginar este esfuerzo como una forma de cerrar las puertas de la vieja política socialista para abrir puertas nuevas, Ubilluz encuentra aquí únicamente “el vicio por excelencia de la política deconstruccionista”, que según él consiste en “privilegiar la grieta” de un discurso político existente sin formular un discurso nuevo.

La “intervención” de Ubilluz tras su análisis de Los rendidos y Persona se titula “La economía libidinal de la subjetividad revolucionaria”, y ese título resume con claridad su intención. Se trata de reconstituir la posibilidad de esta última a partir de una nueva valencia de la figura del héroe, con el psicoanálisis como su base teórica. La idea es proponer rutas de escape a la “laceración superyoica” en la que se encuentra el pensamiento de izquierda, y encontrar territorios en los cuales una melancolía como la que, de acuerdo con Ubilluz, se ejemplifica en el trabajo de Agüero, pueda ser concebida como el punto de partida de “una nueva aventura”, y ya no como su cancelación. Para ello, busca restaurar la noción de utopía como horizonte para la política, algo necesario en la medida en que, en el momento presente, la humanidad entera parece aceleradamente encaminada a la distopía y el colapso civilizacional, y busca restaurar también la posibilidad de la acción heroica, que se entiende como un requisito para la construcción de la justicia.

III

El segundo capítulo, sobre La sangre de la aurora (el único texto de ficción en este corpus), se titula “Claudia Salazar y la virtud de lo líquido”. En la novela de Salazar, Ubilluz identifica una figuración de la teoría y praxis revolucionarias de Sendero Luminoso como la apropiación masculina de lo que Marx llamó el “fermento femenino”, necesario para la transformación social (ese pasaje de la carta a Kugelmann se cita en la primera página de La sangre…), que deriva necesariamente en violencia sexual sobre el cuerpo y la imposición normativa de la dominación patriarcal, y que solo puede “resolverse” mediante la cancelación de la masculinidad. A la imposición heteronormativa que fluye desde la política revolucionaria tanto como desde el sistema del capital, la novela opone la posibilidad de un deseo que quiebre las determinaciones y sus jerarquías, y fluya como un líquido. La forma emblemática de este deseo es el sexo lésbico, pero la posibilidad no se restringe a él; en términos de su forma literaria, se trata de una poética del fragmento (compartida, valga anotarlo, con Agüero), cuya vocación experimental y vanguardista, según Ubilluz, impide intencionalmente la visualización de la totalidad y de la unidad de la representación en el intento de producir con palabras la figura de una conciencia múltiple.

La “intervención” de Ubilluz luego de este capítulo se titula “Más allá del principio de indeterminación”, y busca apuntalar una opción estética que —sin renunciar a la vocación crítica, desestabilizadora, del vanguardismo y el fragmento— haga posible una promesa de futuro desde el arte. Un arte que, como pide Alain Badiou en un fragmento que Ubilluz cita, no se limite a anotar la posibilidad del desastre sino que nos recuerde también aquello que somos capaces de hacer para evitarlo. Si ya en la introducción se ha sugerido que la figura del héroe puede modelarse un poco menos en el paradigma de la guerra y un poco más en el paradigma del arte (en tanto que creación de lo nuevo mediante intervenciones materiales, o, para seguir con Badiou, en tanto que un procedimiento de verdad), aquí se quiere rescatar la posibilidad de un arte que se mueva en dirección de la política, en vez de alejarse de ella. Lograrlo requiere trascender la celebración de lo indeterminado, o celebrarlo en la medida en que se encuentra “en vías de determinación”.

El tercer capítulo lee la narrativa autobiográfica de Lurgio Gavilán —el recuento de su extraordinario, singular pasaje de la militancia senderista al reclutamiento en el ejército, de ahí a la vida conventual franciscana, y de ahí a la academia— a contramano de la multiplicidad subjetiva que se anuncia en su superficie, y encuentra en ella un vaso comunicante, el “verdadero color de un camaleón”. Se trata de la identidad fundamentalmente democrática de ese “soldado desconocido” (democrática en tanto que plebeya e igualitaria en su anonimato), que Ubilluz describe como alusiva a “la capacidad del ser humano de consagrase a una idea y sostenerla más allá de los propios límites”. En Gavilán, esta idea es “la creación de una nueva humanidad”, lo cual emparenta su construcción subjetiva con el ideal del militante comunista clásico, el héroe revolucionario del tiempo mesiánico y la idea universal, y la aparta, en esa misma medida, de las figuraciones contemporáneas del “giro ético”.

La tercera “intervención” autorial se dedica a esbozar propuestas generales para la reconstrucción de un pensamiento de izquierda radical, que describe como post-marxista, e incluso post-comunista, pero centrado en una “ficción hegemónica” en contra de la tendencia contemporánea al descentramiento y la indeterminación. Ubilluz vuelve aquí a una idea ya mencionada en la introducción, el concepto de igualibertad teorizado por Étienne Balibar, a partir del cual es posible reactivar creativamente el horizonte utópico como el de una democracia radical cuyas características concretas surgirán, en última instancia, de la propia práctica. Los lineamientos generales incluyen desactivar la pulsión desarrollista para combatir la crisis medioambiental, feminizar nuestro concepto del partido revolucionario y su relación con los movimientos sociales, y restaurar la centralidad de la lucha de clases, adaptada y modulada a las realidades concretas del capitalismo contemporáneo. Se trata, en suma, de encaminar el pensamiento hacia una nueva creencia revolucionaria, capaz de confrontar la crisis actual (y la que viene) en lugar de continuar perdiendo las batallas del pasado.

IV

Quizás este es un buen momento para aclarar algo que debería ser obvio, pero, a juzgar por algunas reacciones que se han visto en redes sociales al discurso de Ubilluz, parece no serlo. Su campo no es la teoría política ni la filosofía moral, sino la crítica de la cultura. Estos territorios no son estancos incomunicados entre sí, pero sus diferencias son sustantivas. Una de ellas es que la crítica de la cultura, especialmente la que Ubilluz practica, tiene como objeto los discursos y las construcciones simbólicas, y es por tanto crucial entender que su crítica de la figura discursiva de la víctima no es una crítica de las víctimas ni una desestimación de su reclamo de justicia, y que su crítica del “giro ético” no es un abandono de la ética como consideración necesaria de las relaciones humanas. Lo que Ubilluz cuestiona es la valencia política de los discursos centrados en la víctima, no su legitimidad general, y lo que quiere trascender es la clausura que, según entiende, el “giro ético” impone sobre la posibilidad de un pensamiento y una praxis revolucionaria.

Por lo demás, debería estar claro también desde el título de su libro (aun cuando su propia prosa sea en muchos momentos más combativa) que no se trata de una oposición irresoluble o de dos figuras discursivas que se cancelen mutuamente, sino de la posibilidad de su conjunción. Es Héroes y víctimas, no Héroes o víctimas. El punto de la intervención no es repetir el movimiento clásico por el cual la política revolucionaria tendía a suspender la ética, sino evitar el movimiento contrario, que el discurso ético bloquee la política.

Hay, por supuesto, muchas cosas que debatir en este libro complejo. Sus lecturas de los textos en los que se enfoca parecen por momentos subordinadas al argumento teórico (inevitable, dada la estructura), y en ese trámite pueden perder de vista aspectos de su material que sugieren un juicio distinto. Por ejemplo, la “escritura de la duda” de José Carlos Agüero (el término es de Ubilluz) y el trabajo del duelo que este autor ejecuta en Los rendidos y en Persona son intervenciones en un espacio cultural específico y aparecen, al menos en parte, como una corrosiva crítica de los discursos de la memoria y de las ideologías circulantes al interior del activismo pro Derechos Humanos, y en esa medida su valencia política está menos definida de lo que se sugiere aquí. Entre tanto, la necesidad de asimilar La sangre de la aurora al “giro ético” termina obnubilando algo que de hecho la propia lectura lacaniana de Ubilluz sugiere: que el potencial emancipador de la sexualidad “líquida” es inmediato en su propia práctica, político en sí mismo, y que quienes fluyen en ella lo hacen en tanto que cuerpos y no en tanto que víctimas. Por último, y en un plano más general, un proyecto intelectual como el de este libro se beneficiaría considerablemente del acercamiento con el marxismo contemporáneo, a partir del cual su crítica del discurso podría emparentarse con una crítica más detallada, y más efectiva, de la economía política. A fin de cuentas, como escribió Jacques Derrida ya hace casi tres décadas, la afirmación emancipatoria de la promesa de justicia, libre de sus determinaciones dogmáticas, metafísicas y religiosas, pero todavía utópica, es lo que subyace al proyecto de la deconstrucción, entendido este proyecto en el espíritu de Marx y no en su contra.

Nada de lo anterior invalida el debate que propone Ubilluz. Al contrario, todas las observaciones e interrogaciones que se le pueden y deben hacer son señales de su urgencia. Para la izquierda peruana, este debate es necesario si hemos de salir de los varios callejones en los que la experiencia del conflicto armado interno ha encerrado nuestros discursos políticos, nuestros modos de agencia, nuestras organizaciones y prácticas. Los discursos de la memoria y el "giro ético" demandan que nos enfoquemos en el pasado y centremos nuestras acciones en aquello que ya ha sido. El ángel de la historia (terminaré donde empecé, citando a Walter Benjamin) mira siempre para atrás, pero todo lo que ve es catástrofe. Juan Carlos Ubilluz propone que volvamos el rostro hacia el futuro. Debatir, por supuesto, no requiere conceder el punto, pero sí considerarlo en serio.