Miguel Castillo Rodríguez

Opinión

Otra guerra perdida

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La guerra con Chile fue la peor catástrofe que nos ha sucedido, no solo perdimos militarmente, también destruyeron nuestra economía, robaron nuestro patrimonio pero sobre todo nos dejaron la derrota, la humillación y el miedo.

En diversas explicaciones sobre porque se perdió la guerra hay dos coincidencias, una que fue la falta de preparación y equipamiento militar y la otra la fragmentación política y social de la sociedad peruana. La primera se podía solucionar comprando armas, pero la fragmentación de una sociedad no se remedia con facilidad. La inestabilidad política y económica, antes y durante la guerra fue constante, llegamos a tener 6 presidentes. Manuel González Prada, en un fragmento del “Discurso en el Politeama”, menciona que no hubo partidos sino tres grandes divisiones: los gobiernistas, los conspiradores y los indiferentes por egoísmo, imbecilidad o desengaño.

Derrotado el ejército formal, los ciudadanos asumieron la defensa del país, sin armas ni logística se enfrentaron al enemigo pero era evidente que perderían por más voluntad y sacrificio que pudieran ofrecer. Al final nos llenamos de héroes pero no de victorias.

Una epidemia olvidada

En enero de 1991, se reportó el primer caso de cólera en la ciudad de Chancay, extendiéndose rápidamente por todo el Perú, epidemia que también afectó a los países vecinos. La causa más relevante de la rápida propagación de la enfermedad fue el deficiente sistema de abastecimiento de agua para consumo humano y los hábitos de consumo e higiene de la población. Oficialmente se contagiaron 322,562 peruanos de los cuales 2.909 fallecieron. El Perú ocupo el primer lugar tanto en infectados como en fallecidos a nivel del continente americano.

La epidemia supero la capacidad de nuestro sistema medico tanto de infraestructura, equipamiento y recursos humanos, sumándose los problemas estructurales del país, lo que propicio que el Perú otra vez perdiera.

El covid-19 y la política

En el Perú terremotos, huaycos, inundaciones, deslizamientos, heladas y friajes están presentes cada año, es decir vivimos en constante emergencia. En enero del 2020, explotó un camión cisterna cargado de gas licuado de petróleo, hiriendo a decenas de personas de las cuales fallecieron 34, en aquellos días ya era noticia la insuficiente falta de camas de cuidado intensivo para los heridos de mayor gravedad, esto ocurrió dos meses antes del inicio de la emergencia sanitaria, por lo tanto ya se sabía que no teníamos la capacidad para atender una emergencia mayor.

Como en el pasado, no supimos reaccionar a tiempo ante los evidentes riesgos de este nuevo virus, ya para enero del 2020 era evidente que esta epidemia no era solo un problema de China, incluso varias delegaciones diplomáticas de países europeos ya habían abandonado la provincia de Wuhan (epicentro de la epidemia) ante el avance del contagio, y en EEUU ya se estaban reportando casos de pacientes con infectados con el covid-19. El Perú inicia formalmente acciones el 15 de marzo, decretando estado de emergencia nacional.

En lo político, el presidente Martin Vizcarra y el Congreso de la República recién electo, comenzaron a tener fuertes confrontaciones, que meses más tarde llevaron a las acusaciones al presidente de estar vinculado a actos de corrupción y al Congreso de opositor y desestabilizador, a la par que varios ministros eran cuestionados como el ministro de salud, Víctor Zamora. La criris se ahondó con la vacancia del presidente Vizcarra, iniciando una ola de protestas que llevó a la caída de su sucesor, Manuel Merino, luego de cual se eligió a Francisco Sagasti. Así el Perú llegó a tener tres presidentes en una semana.

La epidemia del covid 19, como lo fue el cólera, develó otra vez todas nuestras deficiencias sanitarias. En abril del 2020 solo se contaba con 189 camas UCI a nivel nacional, siendo el país sudamericano con menor dotación de las mismas. Desde antes se sabía que el Perú no podría enfrentar ninguna emergencia, lo que se sumó al lento accionar de las autoridades, que solo atinaron a implementar una rigurosa cuarentena.

Los actos de corrupción comenzaron hacer noticia, vinculados a las adquisiciones de equipos médicos, protección personal, insumos sanitarios y todo aquello que serviría para afrontar la epidemia. El gobierno central compro pruebas rápidas chinas “bamba”, los gobiernos regionales y locales sobrevaloraron adquisiciones.

Incluso cuando se optó por la medida de brindar canastas con alimentos a las familias más necesitadas, muchas de ellas fueron repartidas a familiares y amigos de las autoridades locales, también se reportó que las canastas estaban siendo comercializadas.

Los esfuerzos del personal médico por atender a los pacientes, no fue de la mano del Estado, la propaganda necesaria para que la población tome precauciones para evitar contagios, se vio alterada por declaraciones de médicos en diversos medios de comunicación, que indicaban que no era necesario usar mascarillas, o recomendaban pastillas sin prescripción médica y alentaban el consumo de desinfectantes químicos; de otro lado los equipos necesarios para la atención de los casos más severos como respiradores artificiales y oxigeno medicinal nunca fueron suficientes, incluso hasta la fecha se mantienen restricciones para la producción del muy necesario oxígeno para la atención de pacientes en grave riesgo.

Oficialmente han fallecido 43,880 peruanos por covid-19. Tenemos la economía más golpeada de la región, lo que provoca un panorama incierto para los ciudadanos del país propensos a enfermarse y sin recursos para curarse, pues el Estado no nos asegura la atención medica ni el tratamiento.

Ante la esperanzadora llegada de las vacunas, que salvarían al menos la vida de nuestro personal de salud, se destapa la gran noticia que estas ya habían estado en nuestro medio y que se vacunaron autoridades y personas a quienes no les correspondían dichas vacunas. Los gobiernos del ex presidente Vizcarra y del presidente Sagasti, se ven manchados no solo de corrupción sino de indolencia ante la vida de sus ciudadanos. Solo algunos escogidos, privilegiados -“la collera”- fueron vacunados: dueños de empresas, altos funcionarios del estado, sus familiares y hasta el chofer de la ex ministra. Solo los que tienen vara ya se habían salvado.

En 200 años de república, tenemos varios hitos que nos demuestran la escasa previsión e ineficacia del Estado lo cual nos lleva al caos. La corrupción es un mal endémico, no tratamos de curarla fomentamos su contagio. Otra vez hemos perdido una guerra, nos volvimos a llenar de héroes pero no de victorias, la derrota aún sigue en nosotros. El Perú siempre será el país que pudo ser, aquel que tenía todas las condiciones, pero que nunca pudo ganar.