Augusto Rubio Acosta

Opinión

Todo lo que hemos destruido

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Pasa el tiempo y poco a poco todo el mundo se muere; personas que uno quiere, estima o conoce, se van a diario en silencio, sin que podamos despedirnos. La pandemia nos daña y nos golpea, no sólo con la muerte; el perjuicio es mayor cuando constatamos la degeneración y destrucción del sentido de comunidad, la falta de confianza en la política y en las instituciones, el triste y lamentable papel de la abrumadora mayoría de sus representantes.

La gente muere, se enferma o se afecta, pero para muchos la vida sigue igual. Son pocos los que se quiebran o rompen con lo que pasa; qué cataclismo estaremos experimentando que sólo le sucede a unos cuantos. El mundo es cada vez más pequeño e individualista de la forma en que vivimos; sin brazos que nos sostengan y ayuden a sobrellevar la soledad y la incertidumbre, no es posible afrontar las pérdidas, restañar las heridas instaladas en el corazón de lo que alguna vez fue un tejido o concentración de células, un espacio comunitario que hoy también es responsable de las muertes, de la imprudencia y las desgracias que ocurren.

Transcurrido un año de pandemia, nadie sabe lo que ocurrirá mañana. Con el empleo y la economía destruidos, tras un largo año de confinamiento y contemplación del abismo, la salud mental de los peruanos no mejorará. Son tiempos infames, violentos; el sentido de que estamos juntos [lo único que podría ayudarnos] no existe, el neoliberalismo lo hizo polvo; todo lo que hemos destruido. Vallejo siempre lo tuvo claro y hoy pocos lo suscriben: "¡Tanto amor y no poder hacer nada contra la muerte!".