Victor Liza

Opinión

Un “Redoble por Rancas” electoral amenaza la hegemonía vargasllosiana

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Los primeros peruanos en ser nominados como candidatos al Premio Nobel de Literatura fueron los hermanos Ventura y Francisco García Calderón. Hijos de un expresidente, se mudaron a Europa con su familia tras la muerte del padre en 1905. Allí se destacaron como diplomáticos y escritores. Ventura ganó celebridad con el cuento “La venganza del cóndor”; y Francisco lo hizo con su ensayo “Le Pérou contemporain”, que ganó un premio de la Academia Francesa en 1907. Por esos méritos y su posterior carrera literaria, escritores franceses y belgas los postularon, por separado, al máximo galardón de las letras en 1934. Pero el vencedor fue el reconocido dramaturgo italiano Luigi Pirandello.

De los hermanos García-Calderón poco se habla en nuestros días. La mayor parte de su obra está escrita en francés, por su prolongada residencia en Europa. Aunque arielistas, eran parte de una intelectualidad académica de élite, liderada por José de la Riva Agüero. Ventura fue criticado por su desconocimiento de la realidad peruana, en especial de la andina; y por describir a los indígenas como seres inferiores. En su crónica “La hora undécima del señor don Ventura García Calderón”, publicada en el número dos de la revista “Colónida” de febrero de 1916, el poeta Federico More lo acusó de hacer literatura peruana con “marquesitos putrefactos y esmirrados y las tapadas niñacholescas del coloniaje”. More agrega que quien quiere hacer literatura peruana “debe subir el espíritu hasta los remotos milenios de los megalitos incaicos. Debe escudriñar en la tradición, oír de boca del pueblo la rapsodia que, desde la boca del lejanísimo ancestral, viene hoy al último retoño de una raza que entre frio y alcohol aún pimpollece”.

Ese “inquirir en el alma de nuestros más remotos ancestrales” fue la bandera de la siguiente generación literaria, vanguardista e indigenista. Luego tomaron la posta Ciro Alegría y José María Arguedas, que denunciaron la explotación del campesino. En esa línea continuará Manuel Scorza, quien formó parte de la Generación del 50, junto a personajes como Juan Gonzalo Rose. Inició un ciclo poético y como editor de libros que duró hasta fines de la década de 1960. Sin lograr reconocimiento local, emigró a Francia. Allí empezó su saga narrativa “La guerra silenciosa” que vio la luz con “Redoble por Rancas” en 1970, novela que cuenta las luchas de los campesinos de Cerro de Pasco para recuperar sus tierras. La novela obtuvo un éxito resonante, y fue publicada en varios idiomas.

Con esto, Scorza se ganó un nombre propio en el exterior. Se codeó con escritores y críticos literarios latinoamericanos en Europa. Fue entrevistado en 1977 por el periodista español Joaquín Soler Serrano, en el programa de televisión “A Fondo”, lo que solo había ocurrido con dos peruanos: Chabuca Granda y Mario Vargas Llosa. A fines de la década de 1970, fue nominado al Premio Nobel de Literatura. Una nota de prensa en francés difundida el año pasado en su cuenta oficial de Twitter, da cuenta de esta nominación. Un artículo de Dunia Gras Miravet, de la Universidad de Barcelona, refuerza la veracidad de este hecho, considerado hasta hace unos años una leyenda.

Cuando Scorza había puesto punto final al ciclo de “La guerra silenciosa” y se alistaba a entrar a otra etapa en su carrera literaria, un accidente aéreo puso fin a su vida en 1983. Solo tenía 55 años. A diferencia de los hermanos García Calderón, europeizados y distantes del Perú, Scorza tenía la identidad de un escritor latinoamericano post-boom en el medio europeo, y con prestigio en su país. Quizá esa nominación al Nobel no hubiera sido la única, y más temprano que tarde podría haber ganado el premio. De haber ocurrido eso, el horizonte cultural y político peruano sería distinto al actual: una visión peruanista y progresista, insertada en el mundo.

La apuesta de Scorza y Arguedas perdió peso por esos años. Y emergió una nueva versión de Vargas Llosa: no la que cuestionaba el poder como en “Conversación en la Catedral” y “La ciudad y los perros”; sino una en la que la civilización derrota a la barbarie, como en “La guerra del fin del mundo” y sus obras posteriores. El libre mercado y la cultura occidental como motor del desarrollo para los pueblos atrasados. Una nueva intelectualidad académica de élite, con maquillaje progresista.

Vargas Llosa se catapultó como el referente intelectual del neoliberalismo con su candidatura presidencial en 1990. Aunque perdió, su discurso neoliberal tiene la hegemonía cultural y política en el Perú de las últimas tres décadas, que se vio empoderado cuando ganó el Premio Nobel de Literatura. Alberto Fujimori reforzó ese discurso en los sectores populares, a través del mundo del deporte y del espectáculo, que supo cooptar con el poder. Ahora vemos cómo esa hegemonía, hoy amenazada, da manotazos de ahogado con el mismo Vargas Llosa como vocero. También clama por democracia y libertad a través de deportistas y faranduleros. Podemos pensar qué diferente hubiera sido nuestra historia reciente si Scorza siguiera vivo. Pero tarde o temprano, un Redoble por Rancas no tarda en remecer los cimientos.